Entrada #10: Rodeadas
Resumen de lo anterior: Max, que acaba de regresar de latinoamérica, está enfermo. Mucho estrés y corre el riesgo de morir. Durante el tiempo que estuvo fuera, el IDASI tuvo conocimiento de un cargamento de armas que llegó al país, aunque se desconoce su destinatario. Jaume acude a una fiesta donde un hombre mata a un conocido suyo, cuya reacción ante los rumores que este comenzó a esparcir fue un tanto sospechosa. El asesino es capturado y, al interrogarle, les da una dirección. Un equipo formado por DK, Dante, el Gitano, Bámbola y Abigail acuden a inspeccionar. Se trata de un pub completamente vacío, con excepción de una portátil. Se la llevan pero, al abrirla dentro de la furgoneta donde van, estalla.
Dk estaba sentada en un soportal. Sobre sus rodillas reposaba la cabeza de Abigail, inconsciente. Sangraba bastante. Tenía que llevarla a algún hospital o por lo menos a la base, pero no era el mejor momento para moverse. Al poco de la explosión, el lugar se llenó de Guardias Civiles. Natural: muy cerca de allí había una casa cuartel y sin duda pensarón que aquel regalito había ido dirigido a ellos. Aquella "coincidencia" parecía demasiado premeditada. En el caso de que hubieran echado a andar el ordenador en el mismo lugar donde lo habían encontrado, aquellos que la explosión no se hubiese llevado por delante, habrían sido detenidos por los Civiles. De no ser así, la explosión hubiera seguido siendo útil para quien la envolvió para regalo.
Apenas había tenido tiempo de refugiarse donde se encontraba. A medida que corría con Abigail, que había aguantado lo suficiente como para llegar al soportal, los edificios cercanos habían ido poblando sus fachadas de luces. DK no tenía ni idea de que había ocurrido con los demás. Ni siquiera sabía si seguían dentro de la furgoneta. No había tenido tiempo de avisarles de lo que iba a ocurrir cuando aparecio aquella cuenta atrás en la pantalla.
El protocolo a seguir en una situación de este tipo indicaba que cada miembro del equipo debía valerse por sus propios medios y, a ser posible, llegar hasta la base sin preocuparse por los demás. Jaume, desde que se hizo cargo, había insistido en la importancia de seguir el protocolo. Nunca lo habían cumplido a rajatabla, excepto Dante, que era un egoista redomado. Si Bámbola estaba herida, seguro que ese cabrón no le había echado una mano.
DK suspiró, cerró los ojos y agachó la cabeza, tratando de concentrarse en como salir de allí. No podía cargar con Abigail. Además de pesada, con su herida en la cabeza llamaba la atención como un huevo duro en la cima de una montaña de estiercol. Era cuestión de tiempo de que la Guardia Civil empezase a revisar la zona. O peor, algún curioso del edificio en cuyo soportal se encontraba podría decidirse a bajar para curiosear un poco más de cerca.
Como si al pensarlo hubiera activado un interruptor, tras ella se encendió la luz del portal. Bueno, aquello iba a doler…
Un hombre abrió la puerta y miró al cuerpo de Abigail, tendido frente a ella. DK estaba de pie y le propinó una patada en la entrepierna que le hizo doblarse de dolor y caer de rodillas, momento que ella aprovecho para despegar su bota con dirección a la cara. El hombre cayó hacia atrás, sangrando e inconsciente, su puerto bloqueando la puerta. DK metió en el portal a Abigail, retiro al hombre hacia un lado, cerró la puerta y esperó a que la luz se apagara de manera automática, tal y como hizo. Después, ató y amordazo al hombre rasgando el pijama que éste llevaba puesto y lo retiro detrás del mostrador de la portería.
Aquello era al menos un progreso. Todavía corría el riesgo de que alguien más bajara, además de que no sabía cuanta gravedad revestía la herida de Abigail: podría ser tanto algo inofensivo como un trauma mortal. Ni idea de cuanto era el tiempo de que disponía, pero al menos había ganado algo y corría menos riesgo de ser atrapada por la Guardia Civil. Un riesgo que, por otra parte, al mismo tiempo aumentaba con cada segundo que permanecía tan cerca.
Sonó su móvil. Lo sacó y lo miró: era Bámbola.
- ¿Dónde estás? – preguntó DK al contestar la llamada.
- A una manzana más o menos de la explosión – le contestó Bámbola desde el otro lado de la línea.
- ¿Has visto a Dante?
- Le ayude a salir de la furgoneta. Al ver que vosotras salíais por vuestros propios medios, me ordeno salir de allí. Él corrió en dirección contraria a la mía.
Hijo de puta – pensó DK.
- ¿Qué hacemos ahora? ¿Estáis bien? – preguntó Bámbola.
- Abigail está herida – dijo DK. Luego, se miró a si misma. No parecía sufrir de nada que fuese muy evidente, salvo algunos arañazos y, sin duda, contusiones ocultas bajo la ropa -. Yo estoy bien, pero debemos llevarla a algún sitio: está inconsciente.
- ¿Busco a Dante?
- Este cabrón debe de estar camino a la base. Ya sabes como respeta él el estúpido protocolo.
Se hizo un silencio en la comunicación.
- Bámbola – dijo DK – ¿sigues ahí?
- Sí – dijo ella -. Tengo una idea. Llama a la base. Pide que vengan a buscarte.
- ¡Pero esto cada vez está más lleno de Civiles y policía! No funcionará.
- Sí lo hará. Voy a crear una distracción.
- ¡No! – grito DK, arrepintiendose en el mismo momento de hacerlo – No -repitio en voz más baja -. No va a funcionar. Te cogeran.
- Lo dudo. Tú hazlo.
- ¡No! ¡Bámbola, no! – pero la comunicación ya se había cortado. Ahora, no había discusión posible. Bámbola haría lo que acababa de decir y no DK no pensaba dejar que el riesgo que corriese fuera en vano. Miró su teléfono. Si llamaba directamente a la base, sería Max quien viniera a recogerlas. No, no podría ser…
Pulsó varios números y espero a que dejase de sonar el tono de llamada. Al otro lado de la línea acababan de contestar y el silencio indicaba que se trataba de K. Aquel tío no hablaba ni por teléfono.
- K, escúchame. Bajo ninguna circunstancia informes de esto a Max. Simplemente, posicioname y ven a recogerme. Ha habido una explosión…
Afuera, las sirenas que anteriormente se habían calmado, recobraron nuevas fuerzas. Fuera lo que fuese que pensaba, Bámbola había comenzado a hacerlo.
Entrada #9: Sorpresa
RESUMEN DE LO ANTERIOR: Max, que acaba de regresar de latinoamérica, está enfermo. Mucho estrés y corre el riesgo de morir. Durante el tiempo que estuvo fuera, el IDASI tuvo conocimiento de un cargamento de armas que llegó al país, aunque se desconoce su destinatario. Jaume acude a una fiesta junto con su esposa Marga, con DK en calidad de guardaespaldas. En esa fiesta, un hombre mata a un conocido de Jaume, cuya reacción ante los rumores que este comenzó a esparcir fue un tanto sospechosa. El hombre es capturado y, en el IDASI, descubren que el arma que utilizó pertenece al cargamento. Al día siguiente, Max, DK y Dante irán a interrogarle.
Aquello había sido extraño, muy extraño.
Max estaba sentado en la cocina, con un café humeante en la mesa. Junior paseaba por todo el lugar, haciendo aspavientos y quejándose. Se suponía que le estaba hablando a Max de lo injusto que era que le dejasen allí, pero este no le escuchaba. A pesar de ello, Max en algún momento pensó que podías deducir la madurez de una persona por el número de veces que pronunciaba la palabra “injusto”. Tras esa reflexión, volvió a aislarse de su entorno.
Natalia también estaba allí, tratando de prepararse una cena frugal. Ella no se quejaba. No había demostrado ser muy útil en la salida anterior, y lo sabía.
- ¡Es injusto! – volvió a clamar Junior – ¿Cómo van a saber como soy en combate si sólo me llevan cuando hay que aporrea teclas?
- ¿Combate? – dijo Natalia mientras trataba de buscar algo de jamón en el frigorífico – Tú has leído muchos tebeos.
- ¡Y qué si lo he hecho! Es la jodida verdad.
- Y has visto muchas películas.
Junior se quedó quieto, mirándola como desenvolvía algo que había sacado de la nevera.
- Claro – dijo él, bajando la voz -, y te crees que no sé que te quedaste de piedra el otro día, con el Gitano y con DK. A ti lo que te han hecho ha sido un favor dejándote aquí, cochina pervertida.
Natalia se quedó inmóvil, mirando el jamón que acababa de desenvolver. Luego, levantó la mirada y la fijó en Junior. El odio que destilaba se hubiese podido meter en frascos y venderlo al por mayor.
- ¡Que sé todo sobre ti, tía! – continuó Junior – He visto tu expediente. Das asco, colega.
Junior se detuvo al sentir una mano que le agarraba del hombro con firmeza. Max se había levantado y estaba detrás de él.
- Y a ti – dijo Max -, ¿quien te ha dado permiso para leer ningún expediente? Que yo sepa, no estás autorizado para ello.
Junior se puso pálido. Había metido tanto la pata que sentía el calor del centro de la tierra derritiendo la suela de sus zapatos. O quizá fuese el infierno que le estaba esperando.
- Los vi por casualidad… – empezó a tartamudear – K se los dejó abiertos un día que yo…
- K no se deja abierta ni la tapa del baño – dijo Max -. Estuviste husmeando donde no debías. Eso sí, he de felicitarte: si K no se enteró, es que lo hiciste muy bien.
Junior no sabía a que atenerse. Conocía poco a Max, pero le daba miedo. Le doblaba el tamaño, pero no le temía a los músculos de sus brazos, sino a los de su cara: parecían ejercitarse poco.
- Voy a hacerte un favor – continuó Max -. Tú te vas a callar. Y lo harás en cualquier momento de ahora en adelante. Tan sólo tendré que mirarte. Porque si no te callas, yo tampoco le haré. Y te puedes imaginar lo que Jaume pensaría de esto si se enterase, lo que no es nada en comparación con lo que pensaría K. Y ya sabes como es K, que no habla pero piensa mucho.
Junior tragó saliva.
- Pensaría en ti y en esa ridícula corbata que siempre llevas – y Max le ajustó el nudo hasta dificultarle la respiración -. Así que pídele perdón a Natalia, borra del disco duro ese que tienes dentro del cráneo cualquier cosa que leyeses en ese expediente y vete a dormir. A estas horas, los críos tienen que estar en la cama.
Junior se giró hacia Natalia, sin aflojarse la corbata.
- Pe… Pe… Perdón – logró articular.
Ella le miró y miró a Max. No sabía que le sorprendía más: si que aquel bocazas se disculpase o que Max hubiese intervenido en aquella promesa de trifulca. Iba a aceptar sus disculpas, pero Junior dio la vuelta y salió a toda prisa de la cocina.
Max volvió a sentarse frente a la mesa. Natalia se acercó a él.
- Gracias – le dijo.
Max levantó la mirada y la fijó en la chica. Sonrió con amabilidad.
- No tienes por qué. Es un genio para las máquinas, pero es un gilipollas.
Natalia no se movió de donde estaba.
- Tú… ¿Has leído ese expediente?
- Lo he leído – contestó él –. Es mi deber. Mío y de los otros dos.
- Oh.
Max volvió a sonreír. Sacudió levemente la cabeza, como quien quiere quitarle importancia a lo sucedido.
- Anda, termina ese bocata y vete tú también a dormir.
Natalia asintió tímidamente, sin despegar la vista del suelo. Cogió un par de rebanadas de pan de molde, metió entre ellas una loncha de jamón y fue a salir de la cocina. Se paró en la puerta.
- Buenas noches, Max.
- Que descanses.
Max se quedó sólo, tratando de encontrar que era lo que le había parecido extraño en el interrogatorio de esa mañana.
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Había hablado demasiado pronto. Dante se había quedado sólo con él, le intimidó un poco y empezó a largar como si estuviese en Guantánamo y no en una comisaría madrileña. Por lo tanto, DK pensaba que había razones más que suficientes como sospechar de que lo que les esperaba era una trampa.
Bámbola había entrado primero. Se trataba de un antiguo pub cerrado ya no se sabe cuantos años, en los bajos de un edificio de viviendas. La salida de emergencia, que ejerció en su tiempo también como entrada de servicio, daba a los patios internos del edificio. Dejaron inconsciente al portero y llegaron hasta allí sin ninguna dificultad. Dante se quedó en la entrada de calle, mientras Abigail esperaba en el coche. DK y el Gitano esperaban en el patio las noticias de Bámbola.
- ¿Qué piensas? – le preguntó el Gitano a DK.
- Es una trampa. O eso parece. El asunto es de quién y por qué.
- Supongo que debemos tener enemigos.
El teléfono móvil de DK sonó. Una sola vez. Llamada perdida de Bámbola. Era la señal para entrar sin correr ningún riesgo.
Cuando entraron, tras pasar por un almacen, se encontraron con una amplia sala rodeada de sofás y sillones de diseño. En el centro, había una pequeña pista de baile. Por el otro extremo vieron a Bámbola, que volvía con Dante tras abrirle la puerta principal.
- ¿Qué coño es esto? – dijo Dante al entrar – ¿Nos vamos a tomar unas copas?
Bámbola señaló hacia una esquina. Sobre una mesita, había una computadora portátil. DK se acercó a ella, la abrió y la encendió.
- No tiene sistema operativo. Han de haber borrado el disco duro – dijo ella.
Revisaron el resto del local. Que allí hubo alguien hasta hacía poco tiempo, era evidente: botellas a medio acabar, ceniceros llenos, pequeños restos de basura por todo el lugar… Pero nada más. Ni un solo papel, ni una sola arma, nada.
Salieron por la puerta principal, sin preocuparse. Entraron en la pequeña furgoneta donde les esperaba Abigail. DK subió en el asiento junto al conductor.
- ¿A dónde? – preguntó Abigail, mientras encendía el motor.
- A casa – contestó DK -. Tenemos algo para K.
La furgoneta avanzó deprisa por la calle desierta. DK miraba fijamente la portátil. Había algo raro allí. Alzó la cabeza y le preguntó a Abigail.
- ¿K recogió sus cosas la última vez que estuvo aquí?
- Ese tarado se va dejando todo por ahí. Conserva la cabeza de milagro, que como se conectase por USB…
- ¿Dónde están?
- Mira en la guantera.
DK abrió el pequeño compartimento que estaba frente a ella. Había de todo: cables, un disco duro, destornilladores… Y lo que buscaba: una memoria flash.
La conectó a la computadora, encendió esta y comenzó a trastear un poco con la BIOS.
- ¿Qué haces? – preguntó Abigail.
- K siempre lleva encima alguna flash con un Linux. Quiero hurgar un poco para tener algo que contar.
- Siempre tan impaciente.
En una esquina de la pantalla, apareció el dibujo de un pingüino sentado. El sistema iba a arrancar cuando de pronto se interrumpió y aparecieron unos números rojos en la pantalla. Era un conteo regresivo: 10…
- ¡Coño! – gritó DK
9…
- ¿Qué pasa? – preguntó Abigail. DK sacó la flash del puerto USB. El conteo seguía:
8…
7…
Era una estupidez. Seguro que se trataría de una broma pesada del hacker de turno, pero algo le decía que no era así.
6…
5…
DK abrió la puerta y lanzó afuera la computadora.
- ¡Acelera!
Abigail no se hizo de rogar y pisó el acelerador como si pretendiese atravesar el piso de la furgoneta e impulsarla además con sus pies.
Entonces, la portátil explotó. La onda expansiva levantó la parte trasera de la furgoneta con tanta fuerza que el vehículo se volcó completamente, dando una vuelta de campana…
Entrada #8: Bámbola
RESUMEN DE LO ANTERIOR: Max, que acaba de regresar de latinoamérica, está enfermo. Mucho estrés y corre el riesgo de morir. Durante el tiempo que estuvo fuera, el IDASI tuvo conocimiento de un cargamento de armas que llegó al país, aunque se desconoce su destinatario. Jaume acude a una fiesta junto con su esposa Marga, con DK en calidad de guardaespaldas. En esa fiesta, un hombre mata a un conocido de Jaume, cuya reacción ante los rumores que este comenzó a esparcir fue un tanto sospechosa. El hombre es capturado y, en el IDASI, descubren que el arma que utilizó pertenece al cargamento. Al día siguiente, Max, DK y Dante irán a interrogarle.
Cuando a Bámbola le ofrecieron trabajar en el IDASI, se desnudaba todas las noches en un local de alterne. Era lo único que había encontrado cuando el circo cerró. Mostraba todo su cuerpo entre exhibiciones acrobáticas dignas de mejor causa. Lo único que no mostraba era su cara, oculta tras una máscara de plástico pintada para que asemejara ser de porcelana. Era más práctica que la de verdadera porcelana que había comenzado a usar en el circo, que cada vez que se caía en mitad de un número se hacia migajas. Más que un gasto, aquello la deprimía: veía en los trozos su cara rota en mil pedazos.
Cuando el Dr. Alonso le ofreció entrar al IDASI, tan sólo le hizo la misma petición que había hecho tantas veces antes en otros trabajos: no quitarse nunca la máscara. Mientras en otros lugares la habían rechazado de plano, el Dr. Alonso se echó a reír, sin que ella entendiese el por qué. Primero, se sintió ofendida, pero él aclaró con rapidez que no se burlaba de su petición. Era simplemente que… le hacía gracia la ironía. Y sí, podría llevar siempre aquella máscara.
Antes de incorporarse al servicio activo, Bámbola recibió un entrenamiento intensivo de seis meses. Debido a sus particularidades, ella era idónea sólo para el trabajo de campo: introducirse a hurtadillas en unas oficinas, servir de respaldo a los agentes principales… Ese tipo de cosas.
Nunca se quitaba la máscara. Y nadie sabía el por qué.
Bámbola nunca había tenido amigos. Era muy reacia a socializar de manera intrascendente. Sin embargo, se sentía cómoda entre sus compañeros de trabajo y también con sus jefes directos, Max, DK y Dante. Ella tenía que hacer lo que ellos le decían, al igual que sus compañeros. Y ellos recibían sus ordenes de Jaume, pero a ella no le interesaba Jaume. Le consideraba un pretencioso. No prestaba atención a lo que decía y tenía muy poco trato con él. Alguna vez había hecho alguna broma a su costa, y eso le había dolido. Pero nunca dijo nada.
Dante tampoco le caía bien. Era demasiado chulo. Dado que por la boca moría el pez, era extraño que aún siguiese vivo.
Max era amable. Alguna vez había intentado algún acercamiento respetuoso, pero ella no se lo había permitido. Le trataba con dulzura, y eso a veces le molestaba. Prefería el trato de DK, frío y distanciado. Trataba a Bámbola como uno más del grupo: lo único que tenía que hacer era cumplir con su papel, y eso era todo lo que deseaba, cumplir con lo que se esperaba de ella.
De los agentes de campo, sus compañeros más cercanos, no tenía ninguna queja. Hasta el comportamiento desenfadado del Gitano y de Abigail le agradaba. El primero bromeaba con ella sin recurrir a la burla o la humillación. La segunda, aunque no tenía muy claro si tenía que decir “el”, la había escogido como confidente. Abigail necesitaba alguien que escuchase sus inconstantes peroratas en las que dejaba caer pequeños retazos de información amarga sobre su pasado, y escuchar era una cosa que Bámbola hacía muy bien.
Con quien más afinidad sentía era con K. Muchas mañanas coincidían en el desayuno, y el Gitano había hecho más de una broma al encontrárselos uno frente al otro, en la mesa de la cocina, sin cruzar palabra. En una ocasión, dijo que si le decían de pronto que los dos eran telépatas, no se sorprendería. Ella pensó que tal vez fuese así. Era una tontería, pero sentía que conocía a K mucho más que otras personas con las que él, en algún momento, había establecido algún tipo de diálogo. No sabía por qué, pero desde luego la telepatía parecía una buena opción.
Aunque tenía su mismo estatus, K nunca iba a las misiones de campo. Pero algunas veces se necesitaba de su “magia” con las computadoras. Para eso estaba Junior, un chico de 16 o 17 años que era la antítesis de K en lo que se refería a comportamiento: no dejaba de hablar en ningún momento. Apenas era un adolescente jugando a ser hombre, y se le notaba en cada palabra que decía. Su chiste favorito era simular que conversaba con Bámbola mientras se dirigían hacia algún destino. Bámbola no se lo tomaba en cuenta: sentía pena por él. Sin saber por qué, tenía la sensación de que no duraría mucho, y eso la entristecía.
Por último, estaba Natalia, la recién llegada. La chica hacía esfuerzos por integrarse al grupo, un grupo cuya fuerza cohesiva era precisamente que no tenían nada en común, lo cual se lo ponía un poco difícil. Había intentado aproximarse a Bámbola, pero no fue más allá porque Junior la desanimó con un comentario sangrantemente sarcástico. Pero Bámbola sentía que Natalia necesitaba aproximarse a alguien, y estaba receptiva. Una noche, al pasar frente a su cuarto, la oyó llorar tras la puerta cerrada. Parecía una chica triste. Hasta cuando se reía, lo hacía con tristeza, como si se esforzara en tratar de olvidar algo que no podía sacar de su mente.
¿Podía ser eso, olvidar, lo que les tenía a todos allí? Cuando su superior absoluto, Jorge Ochoa, habló con ella por primera y última vez, le dijo con una franqueza abrumadora que todos sus compañeros eran, y serían, “desadaptados” de una u otra manera. Eso formaba parte del proyecto del IDASI. En cierta forma funcionaba, o eso pensó Bámbola después, reflexionando acerca de aquella conversación. Un grupo de desadaptados como agentes de campo seguramente se harían menos preguntas al enfrentarse a misiones cuyo razón desconocían y no debían conocer. No se irían de la lengua porque no habría con quien irse. La limitación de sus relaciones sociales a aquel caserón del que nunca salían a menos que fuese con un objetivo claro no sería un problema: todos se sentirían cómodos allí.
La incapacidad de adaptarse a una sociedad “normal” era clara en casi todos. En K, era obvio. Abigail, aunque hoy en día tuviese más posibilidades de “insertarse”, después de todo lo que le había contado resultaba también un claro ejemplo de lo que se buscaba en el IDASI. Sin embargo, no sabía nada del Gitano, que parecía completamente normal a primera vista. Algo tenía que haber en él que le hiciese desear que lo único que tuviese en común con los que le rodeasen fuera precisamente no tener nada en común, no compartir ninguna afinidad. Y también se preguntaba sobre Junior y Natalia, los más jóvenes. Dado que nadie llegaba allí por su propio pie, sino que eran encontrados, la razón por la que se encontraban en el IDASI debía estar bien justificada.
Bámbola era callada, no totalmente silenciosa como K. Sí podía articular palabras si en caso de ser estrictamente necesario para la misión. Algunos confundían eso con hosquedad, con rechazo. Pero lo que más deseaba era ser aceptada y ser querida, en más de un sentido. Porque no dejaba de ser una mujer.
Por lo tanto, la situación que vivía ahora era completamente lógica. Sólo con él hablaba. Y él nunca hubiese llevado la iniciativa, por lo que fue ella quien la llevo de la manera más directa posible: incapaz para la retórica del romance, se le presentó una noche completamente desnuda. El mensaje era claro y se interpretó correctamente. Los dos, necesitados de afecto y de algo más tangible, se habían entregado a una relación oculta a los ojos de todos, completamente insospechada, que desconocían hacia donde les llevaría. Pero eso no importaba.
Cuando esa tarde le informaron que por la noche saldrían a una misión, decidió que no se ducharía, como era su intención justo cuando la llamaron. Si moría entonces, lo haría con los restos del sudor de su hombre, como ella le decía, entremezclados con la sangre que se derramase.
Entrada #7: La fiesta
RESUMEN DE LO ANTERIOR: Max, que acaba de regresar de latinoamérica, está enfermo. Mucho estrés y corre el riesgo de morir. Durante el tiempo que estuvo fuera, el IDASI tuvo conocimiento de un cargamento de armas que llegó al país, aunque se desconoce su destinatario. Para empezar a remover un poco las cosas, Jaume en persona empezará a hacer circular algunos rumores. Y lo hará en un fiesta a la que acudirá con DK en calidad de guardaespaldas. Antes de eso, Max y DK tienen una reconciliación apasionada. Por la noche, DK pasa a buscar a Jaume y a su esposa, Marga del Mar, por su apartamento. Allí, ve un poco de la vida privada de su jefe, que no parece estar en muy buenas condiciones.
La fiesta se celebraba en un palacete de las afueras. El jardín de entrada estaba abarrotado de coches. Junto a algunos, había pequeños corros de chóferes. El coche que llevaba a Jaume, Marga y DK les dejó junto a la puerta. DK bajó primero, sin esperar a que uno de los mozos pulcramente uniformados le abriera la puerta. No estaba acostumbrada a tanta sofisticación.
Al entrar en el salón principal, donde por lo menos un centenar de personas se repartía en pequeños grupos que llenaban toda la estancia hasta desparramarse hacia otro jardín con piscina, se dio cuenta de que no sólo era falta de costumbre. Era una incomodidad fruto de la repulsión. El aire apestaba a pedantería y petulancia. No había un solo invitado que no aparentase estar posando: cada uno de sus gestos parecían estar cuidadosamente ensayados con destino a los flashes que, ocasionalmente, aparecían aquí y allá.
Marga entró cogida del brazo de Jaume, pero apenas traspasó el umbral de la entrada, se separó de él y fue a saludar a un grupito de mujeres que la recibieron con un amaneramiento exagerado. Jaume, por su parte, se acercó a uno de hombres, donde se saludaron de una manera más limitada pero afectuosa, cargada de una virilidad artificiosa pero contenida. DK fue al encuentro de un camarero, cogió una copa alargada de su bandeja, y se dirigió al rincón que creyó que combinaba mejor discreción y visibilidad. Le dio un sorbo a la copa mientras miraba a su alrededor. Hasta ella llegaban retazos de conversaciones.
- ¡Te ves superfashion!
- No pasa un día por ti.
- …en la playa. ¡Divino!
La afectación de las mujeres le daba al bullicio de la fiesta un inconfundible tono femenino. Sin embargo, bajo los cortos alaridos de emoción fingida y la exageración en los frívolos diálogos, había un murmullo de tono más grave, como el bajo que le da apoyo rítmico de fondo a una canción. Los hombres enmascaraban como asuntos serios sus propias frivolidades.
- Han bajado las acciones desde…
- La intención de voto…
- Déjame presentarte a…
DK se fijó en que apenas había grupos mixtos. Casi todos estaban formados únicamente por hombres o por mujeres. De vez en cuando, algunos de estos grupos se mezclaban brevemente, pero volvían a separarse casi con brusquedad, como si la experiencia no hubiese sido satisfactoria, o como si al hacerlo se limitasen a cumplir un paso más del protocolo habitual de estas ocasiones.
Pronto se aburrió de jugar a socióloga y se metió en su papel de guardaespaldas. Lo primero fue localizar a aquellos como ella, y no fue difícil. Eran los que también se encontraban aislados, manteniendo breves conversaciones entre ellos muy de vez en cuando, con la excusa de pedirse un cigarrillo o de buscar fuego. Sobre todo, se les distinguía por su incapacidad para disimular su aburrimiento. No estaban quietos en un mismo lugar, pero tampoco circulaban con naturalidad por la fiesta. Era como si andasen buscando un sitio donde poder pasar desapercibidos y nunca encontrasen uno que les contentase. DK, menos experimentada en este tipo de trabajos, pronto se dio cuenta de que debía hacer algo similar, pero a medio camino entre la actitud de los guardaespaldas y la de los invitados. Moverse por toda la estancia, sí, pero como quien busca a alguien y no lo encuentra, mostrándose dispuesta y reacia a la socialización a un mismo tiempo.
Apuró su copa para tener una excusa aparente por la que moverse y, al hacerlo, se fijó en un hombre de rostro demacrado que se encontraba en uno de los extremos de la sala. Vestía de manera elegante, como todo el mundo, pero había algo en él que no terminaba de cuadrar. Era como si el traje que llevaba, por muy a la medida que fuese, no terminara de acoplarse a su talla. Para DK, fue como si le señalasen con un foco en mitad de un escenario, pero parecía que fuese la única que reparara en él. Ninguno de los otros guardaespaldas le prestaba especial atención. Quizás era que también pertenecía a su gremio, pero era un principiante. O simplemente tenía su propio y poco depurado estilo.
Ante las dudas, caminó un poco para tener localizables a sus “protegidos”. Marga era el centro de atención de un grupo de señoronas que parecían empeñadas en vencer a su edad de cualquier maner, sin importar que tan ridículos fuesen los medios y, desde luego, sin conseguir avanzar un paso en el combate.
- ¿En serio? ¡Oigh! – decía una de ellas.
- Pero yo os invito a todas, seguro – contestaba Marga -. Todavía faltan un par de meses, pero…
- ¡Ha de ser todo un exitazo! – exclamaba otra, dejando caer delicadamente su mano cerca del brazo de Marga.
Jaume, por su parte, estaba integrado en un grupo de hombres de rostros serios, barrigas generosas y corbatas de Armani. Pero aquella seriedad parecía más natural que el entusiasmo afectado de las que sin duda eran sus esposas. DK sospechó que Jaume había dado los primeros pasos en su estrategia. Disimuladamente, se acercó y pasó cerca del grupo, aprovechando que un camarero con la bandeja llena de copas se alejaba de ella.
- Pero no creo que… – decía uno de los hombres.
- No sé yo – contestaba Jaume. Y le dirigió una mirada astuta a DK -. Todo está muy revuelto últimamente.
- Yo también he oído algo… – añadía otro.
Mientras se alejaba, DK pudo escuchar algunos comentarios más.
- ¿… no es un poco alarmista?
- Quizá, quizá…- respondía Jaume.
DK alcanzó al camarero. Depositó su copa vacía sobre la bandeja y la sustituyó por otra llena. Se volvió para mirar a donde debía de estar aquel hombre que le había llamado la atención.
No estaba.
Eso no significaba nada, pero… Comenzó a deambular por el salón, buscándole.
Nada. No le veía. Todos los guardaespaldas estaban a la vista, menos él.
Desde dentro, echó un vistazo al jardín de la piscina. Tampoco parecía estar ahí.
Siguió vagando y terminó en el mismo punto de donde había partido. El grupo de Marga continuaba con su pamplinería ostentosa.
- No sé, me hubiese dado cuenta.
- ¿Y va actuar? ¡Divino, divino!
- Todavía no hay nada fijo, pero…
- ¡No dejes de avisarme!
El grupo de Jaume parecía ahora más relajado. Dijese lo que dijese, seguramente se detuvo a tiempo para no llamar demasiado la atención.
- Vamos a ver que pasa…
- En el partido pensamos…
- Perdonad, tengo que ir al baño.
Un hombre mayor, grueso, de barba y cabello cano, pasó junto a ella, dirigiéndose hacia el lugar por el que habían entrado a la fiesta. DK se giró en el mismo sitio, buscando con la mirada a aquel hombre. No le veía por ninguna parte. De pasada, coincidió con los ojos de Jaume. Este le miraba extrañado.
Entonces se volvió de nuevo, hacia la entrada del salón. Alcanzó a ver como el hombre grueso se metía por un pasillo que había a la izquierda. Un camarero pasó junto ella.
- Disculpe – dijo, poniendo una voz almibarada que no se correspondía con la fuerza con que había detenido del brazo al camarero, haciendo que casi tirase los canapés que llevaba en la bandeja – Por allí se va a los baños, ¿no? ¿Y son los únicos que hay?
- Me temo que sí, señorita… ¡Ouch!
DK le había soltado tan bruscamente que el camarero por poco no perdió el equilibrio, pero algunos de sus canapés sí. Ella avanzaba ahora entre la gente lo más rápidamente posible sin llegar a correr. Si estaba equivocada, no quería armar un escándalo.
Llegó hasta el pasillo. Estaba desierto. Al fondo, había dos puertas, una a cada lado. Se llevó la mano por debajo de la falda, a la parte posterior del muslo derecho, y sacó una pistola.
Con el hombro y arma en alto, empujó despacio la puerta del lavabo de hombres.
Frente a ella, al fondo, estaban los urinarios. A la derecha, un gran espejo cubría la pared por encima de los lavabos. A la izquierda, los excusados.
Entró con lentitud, apuntando hacia delante.
Apenas había dado dos pasos cuando, por el espejo, vio salir a alguien del excusado del fondo.
Con un arma en la mano.
DK saltó hacia delante, arrojándose al suelo, mientras el hombre disparaba al tiempo que caminaba en su dirección. Ella también empezó a disparar. Ninguno dio en el blanco. El hombre pasó junto a ella corriendo, mientras a DK le caían encima trozos del espejo. Una de las balas de DK le rozó el hombro, pero consiguió salir del baño.
- Si seré imbécil… – dijo DK mientras se incorporaba a toda prisa. Abrió la puerta a tiempo de ver como el hombre le pegaba un tiro a un guardaespaldas que se había cruzado en su camino. Iba a apuntar, cuando otro hombre – sin duda, un compañero del caído -, le dio una patada en la mano al asesino que le hizo soltar la pistola. En lo que tardó en llegar hasta allí, aquel individuo estaba reducido en el suelo, sangrando por la boca.
La gente se apelotonaba en la entrada del salón, mirando con suficiente distancia. Había caras exageradamente horrorizadas, pero que ahora se veían completamente sinceras. Jaume logró abrirse paso hasta donde se encontraban los guardaespaldas, que ahora le colocaban unas esposas al hombre que estaba en el suelo. Se acercó a DK. Ella estaba mirando la pistola, que continuaba en el suelo.
- ¿Juan Carlos…? – preguntó Jaume.
- No alcancé a verle – contestó DK.
Jaume fue al final del pasillo, pero un miembro de la seguridad le interrumpió el paso.
- ¿Está muerto? – le preguntó Jaume.
- Me temo que sí, señor.
Jaume volvió junto a DK y la hizo retirarse un poco. Los mozos que atendían en la puerta trataban de calmar a la gente, aunque no estaba muy claro quien les calmaba a ellos. Todo era un auténtico desbarajuste. Alguna señorona representaba la función del desmayo, mientras los viriles maridos aparentaban mantener el control y contribuir al sosiego.
- Mierda – le dijo DK a Jaume -. Resultaba evidente desde el principio que este tío iba a hacer algo. Pero yo esperaba que fuese contra ti.
- Escucha: tenemos que conseguir hablar con él. Le diré a Ochoa que recurra a sus enchufes – Jaume hizo una pausa. A partir de ahí, parecía más que estuviese pensando en voz alta – En cuanto comencé a hablar de los rumores de un cargamento de armas, Juan Carlos fue el único que se puso un tanto nervioso. Poco después, se fue al baño.
Mientras hablaban, algunas personas habían comenzado a salir del salón. Ahora, aquello era de lo más parecido a una desbandada, sino fuese porque tanta crema y nata social seguramente era incapaz de hacer algo tan vulgar.
- Mira – dijo Jaume -, los pájaros empiezan a volar antes de que llegue la policía. Será mejor que hagamos lo mismo..
Jaume buscó con la mirada a Marga y le hizo gestos para que fuese hacia el coche. Después, salió. DK esperó a que Marga llegase hasta ella mientras veía como los guardaespaldas, que habían llevado a un rincón algo alejado al asesino, se cobraban la muerte de su compañero. Seguramente, cuando tuviesen que declarar, dirían algo acerca de la dificultad para reducirle y la tenaz oposición que puso a rendirse a pesar de las advertencias.
Marga llegó hasta ella, acercándose por detrás. Le dio un par de palmaditas en la espalda.
- Muy bien, chica – le dijo -. Espero que no olvides lo que te dije – y salió.
Un par de horas después, Jaume y DK estaban en el IDASI. Con ellos se encontraba Ochoa, que había recurrido a un par de contactos en cuanto Jaume le habló de la necesidad imperiosa de hablar con aquel individuo al que habían atrapado. Un K somnoliento, al que habían sacado de la cama, estaba frente a la computadora. DK hablaba con alguien por teléfono.
- …53978AZK29 – repetía ella a medida que le iban dictando al otro lado de la línea. Al mismo tiempo, K introducía los números y letras que DK iba diciendo en el cuadro de diálogo “Buscar y reemplazar” de la hoja de cálculo. Cuando terminó, K pulsó el botón “Buscar todo”.
Apareció una coincidencia.
- Gracias, Lolo – dijo DK. Cortó la comunicación y se giró para mirar a Jaume y a Ochoa -. Ahí está. Me lo olí cuando vi la pistola. Era demasiado nueva.
- Jorge – dijo Jaume -, ¿podremos acceder a ese tipo?
Ochoa miró a Jaume mientras se acariciaba la barbilla, pensativo.
- No creo que haya ningún problema. Tendré que hacer un par de llamadas más, y no creo que sea posible hacer nada hasta mañana. Pero hay que ser discretos. Nada de golpes… o por lo menos, de señales.
Jaume miró a DK.
- Iréis Dante, Max y tú.
Entrada #6: Trapos sucios en el hogar
RESUMEN DE LO ANTERIOR: Max acaba de regresar de parte de una operación que nadie, excepto él y dos personas más, conoce dentro del IDASI. Tras una conversación con el Dr. Alonso en la que este le informa de la gravedad de su estado, tiene una reunión con parte del equipo de operaciones en la que se le informa de que un cargamento de armas ha llegado al país, pero que se desconoce para quién es. Tras la reunión, tiene una pequeña discusiñon con DK a la que le sigue una apasionada reconciliación. Esa noche, DK acompañará a Jaume a una fiesta de “alta alcurnia” donde este espera conseguir información o al menos que las cosas se muevan de alguna manera que les de cualquier pista.
- ¡Tú y tus putas fiestas!
Marga del Mar, delgada pero sin llegar a la anorexia (aunque muy cerca de ella), estaba dándose los últimos toques de maquillaje al tiempo que trataba de mantener el equilibrio de su peinado. Usualmente, llevaba su cabello rubio suelto, con aquella melena lacia llegándole hasta la mitad de la espalda. En esta ocasión, hacía unos minutos que se había ido su peluquera tras hacerle un verdadero proyecto de ingeniería en la cabeza: algo “moderno a la par que elegante”, le había dicho.
En el salón, Jaume se acababa de servir una copa de ron añejo. Se sentó en un sillón, rezando porque su adorable esposa dejase de rezongar y quejarse a cada minuto.
En ocasiones como estas, Jaume sopesaba la posibilidad del divorcio, y si en realidad le resultaría tan caro en relación con la paz y tranquilidad que obtendría. No es que Marga, por su lado, fuese pobre. Era una de las empresarias más importantes del gremio de la hostelería en España. Tenía una pequeña cadena de hoteles, pero lo que más ingresos le reportaba eran las discotecas que tenía distribuidas por todo el país. Sin embargo, sabía que en el caso de que se diese el divorcio, ella pondría su mayor esfuerzo en rapiñarle gran parte de su patrimonio. Y la cosa no terminaría ahí. Seguro que haría todo lo que estuviese en su mano para convertir la existencia de Jaume en un placentero viaje por las mejores vistas del infierno.
- ¡Debía ir a la presentación de ese disco! – volvió a gritar Marga – Quiero que haga una mini-gira por las discotecas y que toque un par de canciones en la inauguración de “Ox”.
Aquella jodida discoteca nueva le tenía a mal traer. Que si “Ox” por aquí, que si “Ox” por allá… El poco tiempo que pasaban juntos, lo único que hacía era hablar de “Ox”. Jaume perdió la paciencia.
- ¡Deja de dar la vara! Frankie va a estar ahí.
- ¡Eso es lo que preocupa! – dijo ella.
En eso, Jaume no tuvo más remedio que darle la razón. Ese Frankie era la inoperancia encarnada en ser humano, aunque esa definición quizá pecase de inexacta, porque para lo que quería, era un genio. El problema era conseguir que sus aficiones a las substancias inhibidoras de la realidad y a las adolescentes calenturientas no le distrajesen de sus obligaciones. Era cierto: delegar una responsabilidad en Frankie, al que le añadían el apelativo de “calabaza”, tenía las mismas posibilidades de éxito que las de un huevo para mantenerse entero bajo una avalancha.
Jaume se incorporó del sillón y se asomó a la habitación de Marga. No había duda: estaba hermosa. Cuando se empeñaba en ponerse guapa, le recordaba a aquellos tiempos en que entre los dos había algo más que una obscena cantidad de dinero.
- Marga, por dios, basta ya – le dijo Jaume, suavizando el tono -. Llevas con esta cantinela desde que llegaste. Sabes que tengo que ir a esa fiesta. Y que a esas fiestas debo ir contigo. Acordamos que en estas cosas, yo tendría prioridad. Mis intereses son más… complejos que los tuyos.
Marga detuvo su proceso de acicalamiento y giró la cabeza hacia él, con cuidado de que a algún mechón de su cabello no le entrasen ganas de adquirir la libertad.
- ¡Cómo si no te encargases de recordármelo constantemente! Tú y tus putos “intereses”, tú y tus putas relaciones públicas…
- Joooder, Marga – Y era entonces, cuando se daba cuenta de que no había manera de recuperar lo que hubo alguna vez.
- ¡Si no hubieses sido tan cabrón de avisarme esta mañana…! – continuó ella, mientras volvía a mirarse en el espejo – Tuviste que esperar al último momento.
- Como me conoces, cariño – contestó él, de manera desganada.
Marga se giró. Sus ojos estaban cargados de odio y desprecio, pero todo su rostro parecía esculpido en hielo.
- Vuelve a decirme “cariño” y te doy una hostia.
Ambos se quedaron inmóviles, mirándose directamente a los ojos, los dos desafiantes.
Sonó el timbre. Ninguno se movió.
El timbre volvió a sonar.
Marga volvió la cara hacia el espejo, y cogió con una mano una pequeña esponjita.
- ¿Podrías hacer el favor de abrir la puta puerta? – le dijo a Jaume -. Tú fuiste quien les dio libre la noche de los viernes.
Jaume resopló con fuerza y se dirigió hacia la puerta principal. Mientras llegaba, el timbre volvió a sonar. Al abrir, su gesto cambió. Era DK. Vestía un traje largo de noche, de color rojo, con un más que generoso escote. Claro, que con aquella potencia, hasta un cuello de tortuga podría considerarse un “generoso escote”. Jaume dejó reposar su mirada un poco más sobre ella.
- Muy guapa. Anda, pasa.
DK entró en el apartamento. Era la primera vez que veía el entorno privado de Jaume, y era como se lo había imaginado. Una residencia práctica, sin caer en el minimalismo pero sin excesivas decoraciones. Con todos los lujos, por supuesto: televisor de alta definición colgado en la pared, un equipo de música discreto pero potente, algún que otro gadget de última tecnología dejado descuidadamente por ahí, muebles de diseño seguramente exclusivo… Y eso que este era el domicilio ocasional en Madrid. La verdadera residencia se encontraba en Barcelona. Si ésta era así, como sería la otra.
- Ahí está la loca – le dijo Jaume, manteniendo la puerta abierta -. A ver si puedes conseguir que se calme un poco y que se acelere. A este paso, vamos a llegar tarde. Os espero abajo.
Salió, cerrando despacio la puerta.
- ¡Mierda! – gritó una mujer desde alguna parte – Esta sombra no vale. Tráeme el bolso.
DK vio un bolso que estaba encima de una mesita de la sala. Lo cogió y, haciéndose idea del lugar de donde provino la voz, llegó hasta la habitación donde estaba Marga. Entró, tendiendo el bolso con la mano.
- Aquí tiene – dijo.
Marga se giró ante la voz inesperada, encontrándose a aquella voluptuosa muchacha enfrente de ella.
- ¡Vaya! ¿Y tú quién eres?
- Su guardaespaldas por esta noche, señora.
Marga cogió el bolso que le ofrecía.
- Llámame Marga, como todo quisque – y mirando de arriba a abajo a DK, añadió -. Pues si que tiene buen gusto mi “maridito”. ¿Hace mucho que trabajas para él?
- Soy… la nueva encargada de seguridad – Por lo que DK sabía, Marga no estaba al tanto de todas las actividades de su marido. No había pensado que se daría este tipo de conversación, por lo que tuvo que improvisar.
- ¿De cuál de sus empresas? – preguntó Marga, pero añadió con rapidez – Oh, no importa. Seguro que tampoco la iba a conocer.
DK suspiró para sus adentros. Hubiera podido meter la pata hasta las orejas. En aquel momento, no le venía a la cabeza ninguna empresa de Jaume que este mencionase alguna vez.
Marga continuó maquillándose en silencio. DK permaneció bajo el quicio de la puerta, respetuosa en casa ajena. De pronto, Marga se detuvo, miró a DK y dijo con sequedad:
- ¿Te lo tiras?
DK fingió no haber entendido la pregunta.
- ¿Qué?
Ahora Marga se volvió completamente hacia DK.
- Que si te lo tiras. A mi marido.
No podía creer que le estuviese haciendo esa pregunta. Primero, por lo directo de la misma. Segundo, porque era una cosa que jamás se le hubiese pasado por la cabeza. De hecho, una parte de ella consideraba que la relación con Max era un error por estar ambos en el mismo trabajo. Y si pensaba eso de un compañero, con el jefe qué decir.
- ¡No! – contestó, cargando todo lo posible de verosimilitud su negación, por miedo a ser encontrada culpable.
Marga se quedó mirándola en silencio. DK se sintió incómoda y desvió la mirada.
- No mientes – dijo Marga, volviendo de nuevo al espejo -. No es que me importe. Si alguien inventó la expresión “matrimonio de conveniencia” fuimos Jaume y yo.
Marga se quedó mirando en el espejo. A primera vista, parecía estar examinándose el maquillaje, pero un examen un poco más profundo desvelaba que no estaba mirando lo que estaba viendo.
- No voy a negar que hubo un tiempo en el que lo amé. Pero eso ya quedó muy atrás – Se volvió hacia DK -. ¿Tú estás enamorada?
- Bueno, para ser franca… No lo sé – y así era. Al decirlo, se dio cuenta de que no las tenía todas consigo. La mayoría de las veces se encontraba cómoda con Max, sólo eso. Intuía que debía de haber algo más profundo, pero cuando buscaba no lo encontraba. Su ausencia repentina le había afectado, pero sospechaba que había sido así sólo por el temor a quedarse sola de nuevo.
- Muy bien, chica. Esa sí es una respuesta – Marga comenzó a guardar el maquillaje en diferentes bolsitas de tela -. La mayoría de las veces no lo sabemos, pero nos convencemos a la fuerza de que lo estamos. Y luego pasa lo que pasa.
Guardó las bolsitas en unos cajones, se estiró un poco el vestido y se giró frente a DK.
- Me has caído bien. Si el cabrón de mi marido intenta acostarse contigo, ven a buscarme. Yo te daré un empleo de verdad.
Marga cogió su bolso y le hizo un gesto a DK, señalando hacia fuera.
- Bien, ya estoy. Vamos.
Entrada #5: Ponerse al día
RESUMEN DE LO ANTERIOR: Max acaba de regresar de parte de una operación que nadie, excepto él y dos personas más, conoce dentro del IDASI. Esperaba encontrarse con DK, pero ella salió con dos agentes de campo a recoger una información. Mientras DK se encuentra en una refriega inesperada, Max tiene una conversación con el Dr. Alonso en la que este le informa de la gravedad de su estado.
En la parte superior del edificio del IDASI, estaba una amplia sala con algunas mesas, sillas y todo un surtido de cableado que recorría el suelo y la pared. Las ventanas estaban tapiadas y la luz provenía de los fluorescentes del techo y de los pilotos de unos armarios metálicos provistos de refrigeración. La fría mañana no tenía permiso para entrar allí, aunque hubiese sido de agradecer un poco de luz natural, sobre todo la que habría entrado por la ventana, ahora clausurada, frente a la que se encontraban varios monitores y sus correspondientes computadoras.
Frente a una de las máquinas estaba K, un individuo delgaducho y desastrado. Su rostro permanecía impasible mientras iba recorriendo celdas y celdas de una hoja de cálculo. Nadie tenía claro si en realidad era autista o simplemente muy callado. Cuando hablaba, ocasión digna de festejarse, apenas pasaba de los monosílabos.
Tras él, contrastando tanto en aspecto como en locuacidad, estaba Jaume Lasseu i Punxes. Vestido con un elegante y exclusivo traje de chaqueta, parecía el estereotipo del mafioso que acude a cerciorarse de que se ha llevado a cabo el trabajo sucio tal y como él lo deseaba, enseñoreándose del lugar con su presencia. Junto a Jaume, estaba DK.
- ¿Eso es Excel? – dijo Jaume, refiriéndose a lo que veían en la pantalla – ¿Es que no saben usar una puta base de datos?
- Se supone que son los números de serie de todas las armas que venían en el cargamento – contestó DK.
- ¿No hay nada más? – preguntó Jaume, apartándose un poco – Con eso, no podemos hacer mucho.
- Es todo lo que tenía… – DK titubeo un momento. K podía ser callado, pero dudaba de que fuese tonto – nuestro informante.
Jaume miró interrogativamente a DK. Entrecerró un poco los ojos y entonces cayó en cuenta.
- Gracias, K. Eso es todo.
K se levantó del asiento y subió por las escaleras que conducían fuera del sótano. Nadie sabía si le gustaba que le llamasen con ese nombre, K, un nombre de una sola letra. De hecho, nadie sabía ni su verdadero nombre ni que significaba esa letra. Una vez quedaron solos, Jaume se dirigió de nuevo a DK:
- Ahora sí. Cuéntame.
- Parece ser que nuestra careta se había metido en algunos líos y una banda rival le había raptado – dijo ella -. Nada que ver con lo nuestro. Tuvimos que encontrarle para que nos diese la información.
- ¿Fuísteis vosostros los del bar ese? – dijo Jaume, riendo divertido y atando cabos – Ordoñez me dijo que en la Guardia Civil andan más que despistados. Me preguntó si teníamos nosotros algo que ver para ir descartando opciones. Je, yo le dije que no. No tenía ni idea de que íbais a ir allí.
- El contacto que nos diste nos mando allá. Ya se sabía que tan sólo era una tapadera, pero nadie tenía pruebas concluyentes.
- Pues por lo que sé, les habéis dejado unas cuantas, incluida la careta. Aún estaba medio gilipollas cuando llegaron, pero no les pudo decir nada ¿Por qué le dejaste vivo?
- No había necesidad de matarlo. Y puede sernos útil más adelante.
- En eso tienes razón. En cuanto terminemos, llamaré a Ordoñez para que deje de romperse la cabeza…
La puerta de la sala se abrió. Jaume y DK miraron hacia ella y vieron entrar a Dante.
- Pues no sé para qué puede sernos útil, la verdad. Quien pidió o trajo esas armas se está tomando mucho trabajo para no dejarse ver.
- ¿No has conseguido nada?
- Quitando que hasta ahora nadie ha sabido que se haya puesto en venta una mercancía nueva, nada de nada.
- ¿Avisaste a Max? – preguntó Jaume, mirando de reojo a DK.
- Sabía que tenía que venir. Le di al jefazo tu recado, mejor que a él
- ¿Ha venido Max? – intervino DK.
- Esta mañana – contestó Jaume, tratando de disimular el cierto agrado que encontraba en que el malestar por la ausencia inesperada de Max fuese compartido con alguien. Él no podía abroncar a Max, sobre todo desde que así se lo indicó Ochoa. Pero por parte de DK, las cosas eran diferentes.
- Sí – añadió Dante -, con servicio puerta a puerta incluido.
- Si tanto te ha jodido, cóbrame la gasolina.
Ninguno de los tres se había dado cuenta de en qué momento había entrado Max ni cuanto tiempo estuvo allí, escuchando.
- Será un placer – dijo Dante, sarcástico, mientras Max se acercaba y estrechaba la mano de Jaume. A DK apenas le dedicó un saludo con la cabeza, que ella no pudo ver porque miraba en otra dirección.
- La hostia, vaya dos – dijo Jaume, simulando irritación. Estaba más que acostumbrado a los roces que se daban entre Dante y Max -. ¿Qué tal las vacaciones? Se te ha echado de menos.
Max estaba mirando a DK, que a su vez le había mirado un instante para, al siguiente, desviar los ojos hacia otro lado. Pero no se le escapó la indirecta con que iba cargada en la frase de Jaume.
- Eso espero – añadió, cargando su respuesta también con indirectas, aunque no dirigidas hacia su superior inmediato -. Todo estuvo bien.
Jaume quedó en silencio, esperando que Max añadiese algo. Pero sabía que no se le iba a escapar nada. La lealtad para con él era limitada. Estaba más cerca de Ochoa. Eso, y no lo negaba en ningún momento, le contrariaba. Pero todo se andaría.
- Vayamos al grano, y voy a ser corto porque el grano es muy pequeño – dijo Jaume, volviendo al tema que les ocupaba – Hace unas dos semanas llegó de contrabando un enorme cargamento de armas al país. Eso es todo. No sabemos ni quien lo trajo ni para qué. Y, lo que es peor, seguimos igual.
- ¿No será una información falsa? – preguntó Max – ¿Quién la proporcionó?
- Una careta. Y, por lo que parece, no le habían engañado – Jaume se giró y señaló al monitor de la computadora -. Dk acaba de conseguir los números de serie de todas las armas. Y son muchas.
- ¿Cómo sabemos que son de verdad? – volvío a preguntar Max, tratando de enfocarse en la nueva situación que, por lo que parecía, era inquietante.
- Por el esfuerzo que nos costó conseguirlo – intervino DK. Ahora, sus miradas se cruzaron y se quedaron allí, fijas cada una en los ojos del otro.
- Por lo que sabemos, no son armas para ningún grupo terrorista conocido – dijo Jaume, haciendo caso omiso de la muda disputa que se daba entre ambos -. Además, también sabemos que no están aquí de paso. Lo hemos confirmado: el destinatario se encuentra en el país.
- ¿Islámicos? – preguntó Max, volviendo a mirar a Jaume.
- No lo creo – intervino Dante -. He hablado con alguna gente, y si hubiese alguien dispuesto a utilizar esa cantidad de armas, ya se sabría de ellos.
- Hay pocos explosivos – añadió Jaume, mientras bajaba por la hoja de cálculo -. No es su manera de actuar. Si esto fuese Colombia, lo primero que diría es que el cargamento es para las FARC, no sé si me entiendes.
- Sí – dijo Max -. Sólo que esto no es Colombia. ¿Seguro que no son para ETA?
- Como ser, podría ser – contestó Jaume -. Pero no lo creo. Lo que yo creo es que se está planeando algo gordo. Y que es alguien nuevo.
Jaume cerró el programa y se volvió para mirar a los tres.
- Todo el mundo está tan despistado que nos han pedido ayuda. Cualquier noticia, nos la harán llegar inmediatamente. Pero si nosotros no descubrimos nada, dudo mucho que cualquiera de ellos lo haga.
- ¿Y en el caso de descubrirlo? – preguntó Max.
- Tenemos libertad para encargarnos de ello.
- Mi estimado amigo Max – intervino Dante, dándole una palmadita en la espalda con condescendencia -, parece mentira. Para empezar, esas armas nunca debían haber entrado en el país si son tantas. Eso, en sí, ya es una metedura de pata. Si lo pueden arreglar sin que nadie se entere, mejor que mejor. ¿Y quién sino nosotros para guardar un secreto? A eso nos dedicamos.
Max miró a Dante con todo el desprecio de que era capaz. No estaba de ánimo para sus puyas. Iba a decir algo, cuando Jaume le interrumpió.
- Todas las máscaras están sobre aviso. Y contactamos con las caretas regularmente. Pero, hasta ahora, nada.
- Pero esos números de serie… – comenzó Max, tratando de ignorar a Dante. Y también a DK, pero eso era más difícil. Tenían pendiente una conversación, y hasta tenerla no podría concentrarse.
- … sólo nos servirán en el caso de que ocurra algo – dijo Jaume, terminando el razonamiento de Max -. O, si tenemos suerte, si pillamos a alguien llevando una de esas armas. Eso nos daría un cabo del que empezar a tirar. En todo caso, lo que único que nos queda es esperar.
- ¿Eso es todo lo que haremos? – preguntó Max.
- Y movernos muy discretamente – dijo Jaume -. Vamos a aprovechar que esta noche tengo que ir a una fiesta de alta alcurnia. Habrá políticos, ministros, empresarios… de todo. Quiero sembrar un poco el pánico entre algunas personas concretas, para ver las reacciones. Tal vez eso nos ayude en algo. No diré mucho – añadió, ante la cara que estaba poniendo Max -, pero los que me conocen más de cerca se olerán algo. Después de la fiesta, habrá movimiento: llamadas, conversaciones, reuniones… Y nosotros lo sabremos. De ahí, saldrá algo, que ya será más que lo que tenemos ahora.
- ¿Podría ser peligroso? ¿Quieres respaldo o vigilancia? ¿Te va a acompañar este? – y señaló a Dante, despreciativamente.
Jaume no pudo evitar sonreir ante tal pique infantil.
- DK irá conmigo en calidad de guardaespaldas, pero no creo que pase nada. Hoy puedes descansar tranquilo de tu viaje.
Dio una palmada y abrió las manos como quien espantase una bandada de palomas.
- Eso es todo, chicos. DK, estate lista. Ven a buscarme a eso de las nueve.
Jaume salió primero de la habitación. Tras él fueron Dante y DK.
- ¿Qué hay, tía? – le dijo Dante a DK mientras, con un gesto ostentoso, la dejaba salir delante de él -¿Nos vamos a tomar esas birritas que dijiste?
- Creo que hoy no – Contestó DK -. Mejor otro día.
Max se quedó solo en la sala. Se apoyó en el respaldo de la silla que había frente al computador y exhaló el aire con fuerza. Agachó la cabeza y esperó un poco más en esa postura. Unos minutos después, salió del lugar.
Al poco, estaba llamando a la puerta de una de las habitaciones del piso residencial, cercana a la suya.
- Adelante – contestó DK al otro lado.
Max abrió la puerta, entró y la cerró tras él. DK se había quitado la licra de la parte superior y estaba en sujetador.
- ¡Vaya! – dijo Max – ¿Si hubiese sido Dante también le habrías recibido así?
- ¡Vete a la mierda, imbécil! – le dijo ella, dándole la espalda – ¡Te vas de pronto, sin decir nada a nadie y todavía te crees…! ¡Recibo a quien me de la gana como me de la gana!
Max se acercó hasta ella.
- DK, yo…
- ¡Joder, no sabía si te había pasado algo! – ella se dió la vuelta y le encaró con violencia -. Desapareciste así, de repente. ¡Ni una puta nota! ¡No pudiste dejar ni una puta nota!
Max no pudo soportar la mirada y bajó los ojos, culpable.
- ¡Me tuve que enterar por Jaume de que te habías ido a algo que te mandó Ochoa! – continuó ella.
- No podía decir nada… – intentó argumentar él, a sabiendas de que tenía toda la razón en cada palabra que decía.
- ¡Mierda! – exclamó ella – ¡Claro que pudiste decir algo! ¡Tu ausencia dijo algo! ¡Todos dijeron algo, menos tú!
Max sentía que el dolor de cabeza empezaba ahora a desbocarse. Los gritos de DK no ayudaban. Tenía toda la razón para ponerse así, pero debía parar todo aquello, y no sólo por el dolor. La agarró de los antebrazos.
- ¡Escúchame entonces ahora! – le gritó a su vez, enfrentando ahora sí sus ojos – ¡Tienes toda la puta razón, joder! Podía haber dicho algo y no lo hice. Lo siento – ahora desvió de nuevo la mirada -. Me jodía mucho no poder comunicarme contigo. Todo sucedió de improviso. Ya sabes como son estas cosas.
- Pero podías… – empezó DK, ahora con más suavidad.
- Claro que podía – la interrumpió Max -. Podía y no podía, lo sabes perfectamente.
Se hizo el silencio entre los dos. Max la miró. Ahora era ella quien desviaba sus ojos hacia otro lado.
- Me preocupabas. Sé que no estás bien – dijo DK.
- Por ahora, sobrevivo.
Ella le miró.
Estaba llorando. Sí, sabía que Max estaba mal. Lo que había pasado por su cabeza, por incongruente que pareciera – y no estaba dispuesta a confesárselo a nadie, ni siquiera a Max -, era que él había muerto y que se lo estaban ocultando. Pero ahora le tenía frente a ella, vivo.
Se besaron con pasión.
Poco después, el sujetador cayó al suelo.
Dante se acercó a la habitación de Max. La puerta estaba abierta y no había nadie dentro. Caminó hasta la habitación de DK. Se acercó y posó el oído en la puerta. Escuchó brevemente, cerró un puño con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en la palma hasta dejar marca. Después, se marchó. La excusa que había pensado para interrumpir no era lo suficientemente convincente ni para él. Ya habría otro momento.
Entrada #4: Diagnóstico
RESUMEN DE LO ANTERIOR: Max acaba de regresar de parte de una operación que nadie, excepto él y dos personas más, conoce dentro del IDASI. Esperaba encontrarse con DK, con quien le une algo especial, pero ella salió a recoger una información. DK acude a la cita con dos agentes de campo, el Gitano y Natalia, y se encuentra con una refriega que no esperaba pero sí sospechaba, de la que salen sin dificultad.
Lo primero, era darse una ducha. Cuando saliese, ni si quiera secarse, iría derecho a la cama. Se iba a dejar caer tan pesadamente sobre ella que esperaba que el suelo no cediese y fuera a parar al piso de abajo.
Desnudo, Max entró al baño y, al pasar frente al espejo, se fijó en su imagen. No era lo que estaba acostumbrado a ver, y dado que aquella parte del proyecto había terminado, no veía razón que le obligase a continuar con aquel peinadito. Al fin y al cabo, tan sólo serían cinco minutos. Cogió la maquinilla y se la pasó por la cabeza. Al poco tiempo, no le quedaba ni un sólo cabello. Así estaba mejor, como siempre.
Sonó el teléfono de la habitación. Contestó y, cuando colgó, maldijo aquel arrebato de estética. Bajo el agua, no hubiese oído aquel timbre, y al salir, habría caído tan profundamente dormido que una nueva llamada sólo se hubiera integrado en su sueño, de tenerlo, y habría imaginado que era otra cosa. Había sido Ochoa quien llamó, diciéndole que Jaume sabía que había llegado y quería que estuviese en una reunión que tendrían dentro de dos horas. Después de eso, ya podría dormir.
Mierda.
Se metió en la ducha sin dejar de maldecir. El agua caliente cayó sobre su cuerpo, relajando los músculos adoloridos por el viaje y dejándole alcanzar el estado óptimo de resignación que todo mando medio como él adquiría ante esas obligaciones imprevistas.
Al salir del cuarto de baño, completamente desnudo y goteando sobre la moqueta de la habitación, no dijo nada. Sólo se fue directo hacia el mueble bar, sacó una botella y se sirvió un poco de whisky en un vaso corto.
- No me mire así, doctor – le dijo a su interlocutor, sentado en una silla junto a la cama – Para mí, con el cambio de horario, no es muy temprano para esto.
- Solo pensaba en lo descortés que es de tu parte no haberme ofrecido uno – dijo el doctor Alonso.
Max conocía al Dr. Jacobo Alonso el mismo tiempo que conocía a Jorge Ochoa. Ochoa y él eran inseparables: en todo destino al que era designado el primero, rápidamente aparecía también el segundo. Cuando había tenido oportunidad de compartir con ellos alguna velada relajada, resultaban insoportables contando batallitas. El Dr. Alonso era, sin duda alguna, la persona que más sabía de Max, incluyéndose a él mismo. Era natural que estuviese allí, con su bata blanca cubriéndo su figura larguirucha y flaca, como tratando de que la tela le ayudase a aparentar que había más volumen de lo que en realidad existía, escrutándole tras los gruesos cristales de sus gafas, preocupándose por él. Antes de salir de viaje, le había examinado y no quedó muy contento con los resultados preliminares.
Max sacó otro vaso, lo llenó de licor, le puso dos hiélos y se lo dió al doctor.
- Gracias. Para mí es temprano, pero qué coño – dijo, y dió un sorbo cortito -. ¿Y cómo te ha ido por esas tierras de Dios?
- No me sea arcaico, por favor – contestó Max, que no estaba del mejor humor.
El doctor tomó otro sorbo sin dejar de mirarle.
- Los dolores de cabeza no han parado – comenzó Max -, en especial por la mañana y al irme a dormir. Algunas noches, he tenido que recurrir a somníferos.
- ¿Tomaste la medicación?
- Sí, pero decidí suspenderla. Al poco, empecé a sentirme peor cuando la tomaba.
- Uhmm… – El doctor se quedó pensativo unos segundos – Puede haber sido la altura. Continúa.
- No hay mucho más que decir. Los dolores musculares continuaron, en especial en el cuello, que lo tenía tenso en todo momento.
- ¿Alguna situación de estrés? Jorge me dijo que algo había salido mal pero que no le diste detalles.
Max se apoyo en el mueble bar, mirando hacia la pared. Cerró los ojos. Sentía en la cabeza la pulsión del dolor por salir y recorrer todo su cerebro. Hasta entonces, el cansancio lo había tapado, pero ahora que se sentía más relajado parecía tener todas las intenciones de regresar. Recordó la pelea. A Ochoa no le haría gracia que no se hubiese dado cuenta de la existencia de esos guardaespaldas, y no le apetecía que se enterase de segunda mano.
- Casi al final, cuando ya estaba todo hecho, tuve una pelea.
- ¿Y? – preguntó el doctor, bebiendo del vaso.
- Sabía que no había a entrar en el “vacío” de manera automática, por lo que traté de forzarlo… – Max se giró hacia el doctor – Y nada.
- ¿Nada? – El doctor se quedó mirándole. Ahora no bebió.
- Me mareé. Caí al suelo. Todo salió bien al final, si es lo que quiere saber. Estoy aquí, ¿no?
El doctor siguió mirándole en silencio, directamente a los ojos. Max no quería decir más por orgullo, pero en su mirada podía ver que tan fuerte había sido aquel mareo y que tan cerca había estado de no estar aquí, como él mismo había dicho. Eran ya muchos años.
Tras unos momentos de tensión, el doctor por fin bebió del vaso.
- Creo que hiciste bien en suspender la medicación – dijo, mirando el vaso -. Pero no me esperaba ese efecto. ¿Lo intentaste en otro momento? Entrar al “vacío”, me refiero.
- No – contestó Max. A pesar de la calefacción, empezó a sentir un poco de frío, y fue al armario para ponerse algo limpio -. No hubo necesidad. Pero, a decir verdad, me he notado algo distraído – dijo mientras abría la puerta del armario y después abría un cajón -. Me pillaron, y eso no me suele pasar a mí.
El doctor se levantó de la silla y fue a dejar el vaso en una mesita cercana. Metió sus manos en los bolsillos de la bata.
- Estuve revisando los análisis que te hice antes de irte – dijo -. Los cotejé con muchos que tenía tuyos. Y, francamente, no entiendo nada.
Dió un par de pasos hacia la pared y se quedó mirando como si los resultados de esos análisis estuviesen en ella.
- Lo primero que pensé – continuó – es que habías sufrido algún tipo de daño cerebral en el accidente, algo que sólo se manifestaría con el paso del tiempo. Ahora, no creo que haya sido eso… o no del todo. Siempre he creído que no había nada de “sobrehumano” en tu habilidad. Que era algo puramente neurológico, aunque no podía determinar que era exactamente, ni como funcionaba.
- ¿El “vacío”? – preguntó Max, que ya se había puesto unos calzoncillos y se estaba metiendo en una camiseta negra.
- Ese “vacío”, como tú siempre lo has llamado – dijo el doctor, girándose hacia Max-, es una simple ausencia de datos. Tu cerebro está muy ocupado en registrar y procesar los que le interesan en ese momento como para registrar otros. Era como una amnesia obligatoria a cambio de poder hacer lo que hacías. El hecho de que nunca pudieses hacerlo voluntariamente, me despistó. Pero, después de aquellos exámenes…
- ¿Entonces? – dijo Max, tratando de seleccionar entre varios pantalones vaqueros. Cogió uno negro.
- Bueno, creo que estamos ante un daño físico. Sin embargo, soy incapaz de detectarlo. Sospecho que incluso podría no ser así, que fuese algo… psicológico.
Max se quedó mirando al doctor con los pantalones en la mano
- Cojonudo – y empezó a ponerselos -. Estoy como una cabra.
- Necesitaría hacerte unos análisis para confirmarlo – el doctor se acercó hacia Max -, pero creo que puedo decirte algo.
- Pues dígalo – Se subió el pantalón y se lo abrochó -. Oh, doctor ¿voy a vivir?
- Menos coñas. Creo que, si es que existe, ese daño físico está sanando por sí mismo. Como no sabemos donde se encuentra, no podemos estimular su curación. Tus dolores demuestran que hay ese daño, y esos mareos creo que indican que tu “habilidad” sigue funcionando, que intenta arrancar pero no puede. Pero te fatigas demasiado porque continúas herido. Tu cuerpo no aguanta el esfuerzo extra.
- Ya – Max trató de concentrarse en encontrar un par de calcetines decentes que ponerse -. ¿Y en resumen?
- Si sufres un estrés demasiado intenso, podrías morir. Tu cuerpo, sencillamente, haría demasiado esfuerzo. Te fundirías.
Max se quedó estático en la postura que tenía, sujetando un par de calcetines. Entonces, los tiró al suelo y comenzó a dar vueltas por la habitación.
- De puta madre. Oh, sí, de puta madre. Justo ahora…
- Lo sé – dijo el doctor, sin saber que añadir.
Max se detuvo y encaró al doctor.
- ¿Quién más sabe esto, de sus conclusiones?
- Aún no le he dicho nada a Jorge, pero le voy a pedir que ordene que no se te asigne a ninguna misión durante un tiempo.
- Excepto al proyecto Vergel.
- Excepto eso.
Max inspiró con fuerza y exhaló el aire con más fuerza todavía.
- ¿Y qué pasa si las cosas se complican en el proyecto?
El doctor le miró fijamente a los ojos.
- Bueno… Una vez me dijiste que no creías en Dios, ¿verdad?
- Así es.
El doctor se sacó las gafas y se frotó el entrecejo. Después, volvió a ponérselas.
- Pues eso.
- ¿Ya? – contestó la voz al otro lado del teléfono.
- Sí. Supongo que no has de tener ningún problema. Te dije que lo tuvieses todo preparado para cualquier momento.
- No, no hay problema. Todo está listo.
- Perfecto. Comenzaremos esta noche.
- Je, como estaba planeado. Al final no hizo falta atrasar nada.
No le gustaba el tono con el que había dicho eso. Si Max hubiese llegado unos días más tarde, seguro que habría encontrado alguna otra cosa a la que sacarle punta para joderle. Pero mejor dejar las puteadas para cuando estuviesen cara a cara. Ahora no podía darse el lujo de que lo viesen discutir.
- Sí – dijo simplemente, aunque esperaba que la gelidez helase hasta las ondas por las que viajaba la voz -. Hubiese sido difícil encontrar un momento tan oportuno como el de esta noche.
- Y ahí estará mi hombre.
- Más te vale.
Y cortó la comunicación.
Entrada #3: Una careta en una discoteca
Max trabaja para el IDASI, una organización de actividades muy “discretas”. Acaba de llegar de una oscura misión que sólo dos personas más conocen, y que no terminó con toda la perfección deseada. Después de informar a una de esas dos personas, el jefe superior del IDASI, pregunta por DK, a la que le une algún tipo de relación. DK, en esos momentos, se ha marchado para recoger una información al parecer importante…
Regresaron corriendo a lo que en las noches era la pista de baile: un amplio espacio vacío con una barra al fondo donde servir bebidas. Los otros se habían quedado en el primer ambiente, la entrada de la discoteca y barra principal. Un estrecho pasillo separaba los dos ambientes. Uno de ellos, al que DK había designado como C, se quedó mirando al tipo que tenían amordazado y atado a una silla. ¿Tanto lío por aquel tipejo? ¿Y quienes eran esos?
- ¿Y ahora qué coño hacemos? – dijo al que DK le había bautizado como A.
- ¿Cuántos son? – preguntó B, que había sido el segundo al que DK vió.
- Tres… Creo. – contestó A.
C dejó de mirar al rehén y dijo:
- Raúl está en el baño.
Si alguno de los otros dos le había escuchado, no se notó. D, que aún no había sido visto por DK pero del que tenía conocimiento, estaba junto al rehén. También tenía una pistola, pero la mano le temblaba violentamente por lo que no parecía ser de mucha utilidad. Estaba allí para ser la última línea de resistencia ante el botín, pero su mayor esfuerzo al respecto era rezar por que aquellos tres individuos no llegasen hasta allá.
- Pues algo tendremos que hacer – dijo B, que parecía conservar más valor en el cuerpo que el resto de sus compañeros -, que muy difícil no parece. Somos cinco contra tres.
- Pero es que Raúl está en el baño – repitió C.
B se giró violentamente hacia C.
- ¡Ya sé que Raúl está en el puto water! ¡Tenía que haber estado más al loro…!
B se interrumpió. C le miraba con odio. No había sido culpa de Raúl que aquellos individuos hubiesen comenzado ese follón de improviso. Se suponía que no iba a pasar nada de esto. Sólo tenían que mantener un tiempo fuera de la circulación a aquel tipejo de la silla, aunque no sabían por qué.
Pero B no se había amedrentado por el odio de la mirada de C. Le conocía y sabía cuantos huevos le habían faltado siempre para cualquier cosa. Lo que pasaba era que se le había ocurrido una idea.
- Raúl está en el water… Aprovechemos eso.
Mientras, DK, el Gitano y Natalia estaban escondidos dentras de la barra del primer ambiente. Aquella pequeña refriega sirvió para darles información sobre con quien se enfrentaban. Los tres acababan de recargar sus armas. y DK estaba evaluando la situación para que aquello no fuese a peor. No había necesidad de confiarse en exceso. Tenían que salir los tres sin un rasguño. Pero el Gitano parecía un poco más inquieto que ella. Aquellos tíos tenían armas y buena la habían armado.
- ¿Y ahora que coño hacemos? – le dijo a DK.
- ¿Cuántos son? – preguntó DK, solo para corroborar lo que ya sabía.
- Cinco… Creo.
- Hay uno en el baño – dijo Natalia.
DK intentó pensar. Esos imbéciles estaban ya muertos, pero eran capaces de hacer todo lo posible para que ellos les acompañasen. Encima, no entendía por qué Natalia había venido con ellos. Le gustaba trabajar con el Gitano. Le echaba cojones a todo y además era un cachondo mental. Pero aquella chica, con esa vestimenta gótica, maquillaje de alto contraste y todo tipo de telas colgándole y dispuestas a engancharse en cualquier lugar no le era de ninguna utilidad. Aún estaba aprendiendo, y si Jaume le había mandado con ella era porque se pensaba que todo este jaleo no iba a ocurrir.
Pero eso era lo que había.
- Pues algo tendremos que hacer – dijo por fin, a ver si la lengua le aligeraba el pensamiento -. Somos tres contra cinco.
- Pero hay uno en el baño – insistió Natalia.
Pesada, la niña. Pero…
- Lo sé. Aprovechemos eso.
Raúl apoyaba la espalda contra la pared del baño, manteniendo la pistola en alto, agarrada con las dos manos, frente a la cara. Temblaba. Sudaba. Miraba alternativamente a la entrada del baño y a la pared que tenía enfrente. ¿Cómo coño se había metido ahí? ¿Por qué no se había ido por el pasillo, como los demás? Ah, sí, claro. Con los nervios, cuando todo empezó, él creyó que eso era el pasillo. ¡Había que ser imbécil! Tenía que salir de ahí con vida, joder. Esas cosas no eran para él.
- ¡Raúl! – oyó que le gritaban desde fuera. DK no estaba segura, pero parecía B, el primero que hablo cuando ellos entraron.
- ¡Eh, el del water! – gritó el Gitano al mismo tiempo.
- ¡Deja en paz a nuestro colega! – gritó B.
- ¡Vete a tomar por culo! – contestó el Gitano.
Eso. Él, ahí, acojonado, y estos discutiendo. Mierda.
- ¡Raúl! – volvió a gritar B – ¡Ven hacia nosotros! ¡Te cubrimos!
- ¡Pasa de ellos! – añadió el Gitano – ¡Tira el arma y ven aquí si quieres salir vivo!
Para empezar, pensó Raúl, no debía estar ahí. Se suponía que había pasado por allí para cerrar la noche con unas birritas mañaneras. Si llevaba la pistola era para jugar al malote con las chicas: a la de aquella noche le había gustado mucho lo que había hecho con ella. Y ahora estaba ahí en medio.
- No lo harán – le dijo el Gitano a DK, agachando la cabeza que había sacado por la barra para que se le oyese mejor.
- Oh, sí – dijo DK, muy segura -. Sí que lo harán.
A ver. Aquellos tíos no parecían policías. Bueno, la tetona esa del pelo corto sí tenía toda la pinta, pero de ser de los GEOs o algo así. De todas formas, una GEO no iría por ahí con un gitano y con esa otra, la que iba de gótica y que estaba bien buena. Todo había ido demasiado lejos. Saldría de allí como pudiese y se iría a vender costo a Valencia, como le habían ofrecido. Sí, Valencia.
Tiró la pistola fuera del baño.
- ¡No disparéis! ¡No dispa…!
El ruido fue atronador. Parecía una traca valenciana. Duró por lo menos un minuto. Los dos bandos descargaron todo lo que tenían, o eso parecía. Nadie hizo un blanco efectivo. Los de la pista de baile sólo dispararon a mansalva confiando en la cantidad en lugar de la calidad. Se levantó una polvareda que incluía unas cuantas astillas y cristales de los vasos que quedaban desperdigados. Cuando se acabaron las municiones, A, B y C avanzaron para ver los restos de sus enemigos, recargando las armas por el camino. En el suelo, Raúl estaba irreconocible.
DK disparó dos veces y A y B cayeron. El gitano, menos quirúrjico, saltó una ráfaga que derribó a C. Los dos tiros de Natalia dieron en el techo y en la pared, respectivamente.
- ¡No me lo puedo creer! – dijo el Gitano mientras bajaba el arma – ¡Hay que ser imbécil!
Avanzó un poco y le dió la vuelta a uno de los cadáveres con el pie.
- ¡Si este truco es más viejo que mear de pie!
DK recargó su arma. El Gitano hizo lo mismo. Mientras, Natalia se acercó a uno de los cuerpos. Era C. Su rostro se había inmovilizado en una mueca de sorpresa. Natalia pasó la yema de sus dedos por la cara del muerto. DK la miró, parecía abstraída.
- ¿Estás bien? – le preguntó.
Natalia, sin salir de su ensoñación, levantó los ojos y miró a DK.
- Es… guapo.
Aquella niña era más rara que un perro verde, pensó DK. Vale que todos eran raros y era la razón por la que estaban en el IDASI, pero ésta se llevaba la palma.
- Deja eso, niña – dijo el Gitano -. Que todavía nos queda uno.
Se volvió a DK, que miraba hacia el pasillo.
- ¿Qué hacemos? – le preguntó – ¿Entramos a saco?
DK levantó el arma y empezó a avanzar por el pasillo.
- No hace falta.
D se había agachado detrás de la silla del rehén mientras duraba todo aquel estruendo. Cuando terminó, se levantó y se quedó de piedra cuando el pesado silencio que había quedado en el aire después de la traca se rompió por unos disparos aislados, breves. No se atrevió a hablar. Esperaba oír la voz de sus compañeros, haciéndose los chulos, pero no oía nada. No había que ser muy inteligente para suponer lo que había ocurrido.
Lo que no esperaba era ver a una mujer, con una licra semitransparente cubriéndole la parte superior del cuerpo y pantalones militares, entrando con un arma en alto y caminando hacia él sin titubear. Temblando, puso el cañón de su pistola sobre la sien del rehén.
- Que me lo cargo ¿eh, tía? ¡Yo me lo cargo!
Pero la mujer seguía avanzando, irresoluta.
- Vale, tía. Solo quiero salir de aquí. Eso es todo.
La mujer estaba ya más cerca de él. Tuvo miedo de que se le escapara un tiro y se cargase al rehén. Con él, aún podía negociar.
- Ponte pa’llí y…
Involuntariamente, levantó la mano con la pistola para señalar el lugar donde quería que se pusiese la mujer. DK extendió el brazo y disparó. D cayó al suelo con un tiro en la frente.
El Gitano y Natalia entraron en la pista. DK estaba quitándole la mordaza al rehén.
- Joer – dijo el Gitano al ver el cuerpo en el suelo junto a DK -, mira que eres directa. Si Max hubiese…
- Cállate – le interrumpió DK. Si Max hubiese estado, habría insistido en dejar dos vivos por lo menos, para sacarles información. Pero Max se había ido Dios sabe donde, y ahora manejaba las cosas a su manera. Cuando volviera, si es que lo hacía, lo último que discutirían sería acerca de la manera de llevar a cabo un trabajo de campo.
En cuanto el hombre maniatado se vio libre de la mordaza, comenzó a hablar. Había visto y oído todo.
- ¿Quiénes sois? ¿Sois policías?
Mientras decía esto, DK sacó un móvil de los bolsillos de su pantalón, apuntó con él hacia el hombre y pulso una serie de teclas. De pronto, el hombre dejó caer la cabeza, balanceándola sobre su pecho. DK se la levantó cogiéndole de la barbilla.
- ¿Tienes la información del cargamento de armas? – le preguntó.
- En… el… bolsillo… – contestó el hombre con voz pastosa. Tenía las pupilas tan dilatadas que apenas se distinguía el color de sus ojos -. El llavero… es un… memory stick…
DK le soltó la cabeza, que volvió a caerle pesadamente sobre el pecho. Rebuscó entre los bolsillos del hombre y sacó de uno de ellos un manojo de llaves. De él pendía un llavero rectangular que tenía un pequeño piloto y una tapita. Lo levantó triunfal.
- Aha. Vamonos.
DK se dirigió hacia al pasillo, pasando junto al Gitano que le miraba asombrado. Natalia, por su parte, seguía asilada del mundo, mirando ahora el otro cadáver que estaba junto al rehén.
- ¿Vamos a dejar a este tío aquí? – preguntó el Gitano a DK – ¿No se supone que veníamos a rescatarlo?
DK se detuvo. El Gitano le caía bien, pero trataba de hacer las cosas al estilo de Max, y eso le jodía.
- Había que rescatarle para conseguir la información – le explicó -. Ya tenemos lo que queríamos. Vámonos.
Entrada #2: El IDASI
IDASI: Instituto de Desarrollo de Actividades y Servicios de Información. Un nombre tan sonoro como vacío. Traía evocaciones kafkianas.
Sus oficinas, un chalet tirando a caserón situado en la zona noroeste de Madrid, contribuían a esa sensación de organización secundaria fruto de alguna turbia decisión administrativa que era más fácil mantener que disolver. Pero mantener lejos, ojo, alejado de las diferentes instalaciones de la administración central, como si le hubiesen dicho “Te damos sueldo, casa con piscina y cobertura odontológica, pero tú te esfuerzas en pasar desapercibido”.
Y esa era la intención. Sin embargo, el IDASI no era una institución pública, era una empresa privada. Una de las primeras cosas de las que Jaume Lasseu i Punxes se ocupó al fundarla fue de generar esa impresión equívoca. Varios periodistas, al encontrar en documentos oficionales referencias al instituto, comenzaron a investigar con la esperanza de encontrar algún escándalo que vinculase al gobierno con una institución artificial creada para desviar fondos. Pero todo lo que se encontraban era una empresa que sí, había realizado servicios para el gobierno, entre otros muchos clientes. Pronto, la prensa se decepcionó ante la imposibilidad de encontrar algo sucio, y el IDASI se convirtió en el chiste preferido para las novatadas de los principiantes, que siempre creían estar ante algo “grande”.
Sí, Jaume lo había hecho muy bien. En lugar de comenzar ocultándose, había empezado por llamar estratégicamente la atención para que se olvidasen de él. El IDASI olía a burocracia, pero era tan sólo una más de sus muchas empresas. En los primeros días, se echó unas risas a costa de todas aquellas investigaciones. Apenas los periodistas desaparecieron, todo comenzó a rodar como lo tenía planeado. Sin embargo, si alguien se pusiera a escarbar actualmente con un poco más de esfuerzo, podría llegar a descubrir algo tan banal como que en los registros, informes, bases de datos y otros documentos internos similares no había ningún logo o encabezado que acreditase su procedencia. Algo intrascendente en un principio, pero que podría dar en que pensar a la persona apropiada. Sin embargo, eso no iba a ocurrir.
El coche pasó por la puerta principal, rodeó el jardincillo de la entrada y se detuvo bruscamente frente al edificio. Max se sacudió en su asiento por el frenazo.
- Tengo prisa – dijo Dante ante el gesto agrio de Max -, pero me encargó que te dijera que subieses a verle nada más llegar.
- Vale, gracias.
Max bajó del auto y sacó su mochila del asiento trasero. Apenas cerró la puerta, el coche volvió a salir, acelerando como si tratase de tomar el tiempo que le llevaba alcanzar los 100 Km/h. Max miró hacia arriba, a uno de los ventanales de la fachada en el segundo piso. Había una silueta observándole: Jorge, sin duda.
Jorge Ochoa era el dirigente del IDASI. Supuestamente. Eso creían todos. Pero Jaume Lasseu i Punxes, de quien partían sus recursos económicos, parecía serlo de facto. Todas las decisiones importantes eran tomadas por Jorge, de eso no cabía ninguna duda. Pero Jaume era el que tomaba las decisiones de campo, aquellas que podían ser determinantes para el éxito o fracaso de una misión. Eso sin contar con la influencia que ejercía sobre Jorge a la hora de determinar los objetivos. Sin duda, era algo lógico ante un “niño” rico que se había metido a jugar a espías haciéndose cargo de un proyecto que se había quedado sin financiamiento, pero a Max no le hacía mucha gracia.
Sin embargo, Jaume no sabía nada de la misión de la que regresaba. Como se las había arreglado Jorge para que no metieses sus narices en ello, no lo sabía, pero esa fue la razón que le motivó a dar su visto bueno a toda la operación. Jorge no necesitaba de su aprobación para ponerla en marcha, pero sabía que significaba un espaldarazo que le hacía sentir mejor. No en vano eran ya muchos años juntos, y, como suele suceder en estos casos, se había establecido una relación que trascendía la jerarquía. A diferencia de las misiones que iban de la mano de Jaume, tenía plena seguridad en que todo lo que le había dicho Jorge era todo lo que había. Con Jaume, siempre había algo más que desconocía y que nunca llegaba a averiguar. Sólo Jorge, el Dr. Alonso y Max sabían que era lo que se estaba cociendo. El resto de cocineros sólo eran meros asistentes que ignoraban la receta en su totalidad.
Entró en la casa y, sin dejar la mochila en ninguna parte, subió al segundo piso. Se paró frente a la puerta de la oficina que daba a la fachada y llamó. Al primer toque, la puerta se deslizó ligeramente. Estaba entreabierta.
- ¿Señor…? – dijo, empujándola un poco.
- Entra – dijo alguien desde el interior.
El amplio despacho estaba únicamente iluminado por la luz que entraba por el ventanal, y el amanecer que despuntaba iba desvelando con lentitud los contornos de las cosas. Jorge Ochoa estaba sentado tras una amplia mesa en la que sólo había una portatil, un cubilete lleno de bolígrafos y rotuladores, y un teléfono. Como estaba a contraluz, Max no podía verle el rostro.
- ¿Qué tal el viaje? – dijo Ochoa mientras Max caminaba hasta la mesa y se quedaba de pie ante ella.
- Largo y aburrido.
- ¿Y cómo salió todo? – preguntó nuevamente Ochoa.
- Hubo un pequeño inconveniente: la chica estaba vigilada.
Silencio.
- Lo solucioné… un poco drásticamente. Fue algo inesperado.
Ochoa abrió la boca para hablar pero no dijo nada. Apoyó los codos en la mesa y juntó las manos frente a su rostro.
- No he sabido nada de nadie – dijo por fin -. Supongo que sólo podemos esperar.
- Sí, señor.
- ¿Crees que se puede hacer algo al respecto?
- No, señor.
- Sólo esperar.
- Sí, señor.
“Por favor”, pensó Max. “Estoy cansado, necesito una ducha e irme a dormir un par de días”. Ochoa pareció leer sus pensamientos como si estuviesen impresos en su cara.
- Descansa. Ya me darás los detalles después.
- Sí, señor. Gracias.
Max se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. A punto de salir, se detuvo. Se giró y preguntó:
- ¿Cómo ha ido todo por aquí?
- Como siempre. Jaume se quejó por tu “inesperada” ausencia. Dijo que debería haberle avisado con anticipación.
- ¿Ha ocurrido algo? – añadió, aunque sabía que esa queja de Jaume era tan sólo por su afición a tocar las pelotas.
- Parece que le están siguiendo la pista a un cargamento ilegal de armas que entró en el país hace poco. Como tú no estabas, le asignó el asunto a DK.
Oh, sí. El tema surgió por si sólo. Perfecto.
- ¿Y ella está aquí?
- Me pareció oír algo acerca de ir a recoger una información…
Mientras, en el centro de la ciudad, DK volvía a cargar su arma ante la perspectiva de que aquello no iba a ser tan fácil como parecía.
Entrada #1: Volviendo a casa
Todos los viajes transatlánticos eran iguales. Salvando la primera hora, durante la cual uno contemplaba como el lugar de donde partía se empequeñecía a cada segundo, el resto era aburrimiento en su destilación más pura y embriagadora. La mayoría de la gente aprovecha ese tiempo para dormir, pero Max no podía. Desde muy pequeño había descubierto que le era prácticamente imposible dormir en cualquier medio de transporte. Un par de veces lo había hecho, pero en realidad le habían dejado inconsciente y por lo tanto no contaban. En alguna otra excepción, se había despertado completamente enmohecido, con los músculos envarados y la cabeza en cualquier sitio menos donde debía estar. Eso le convenció de que su resistencia al sueño en los viajes era producida por un mecanismo de defensa en su cuerpo, que tenía plena consciencia de lo que ocurriría si se echaba una cabezadita en esas circunstancias.
Existe el tópico de que los aviones siempre se atrasan. Es mentira. Nunca se atrasan por sí mismos. Los aeropuertos son los que atrasan a los aviones. Una vez en el aire, es muy raro que un avión se demore en hacer su trayecto habitual más de lo que tiene acostumbrado. Por lo tanto, Max fue haciendo una cuenta regresiva de cada una de las diez horas que le separaban de su llegada a destino mientras se debatía entre no pensar en lo que le esperaba al llegar y no pensar en lo que dejaba atrás.
Los viajes largos promueven la tendencia natural a revolvernos en un estercolero, por lo que Max no tardó en hacerse preguntas incómodas por lo incierto de sus respuestas:
- ¿Qué coño me pasa? Anoche día casi me matan. No: casi me mato yo solito.
- Déjalo. Hasta que el doctor no te revise, no podrás saber nada concreto.
- A estas horas, Patricia ha de estar consciente. ¿Descubrirán qué le hemos hecho?
- Nadie tiene un solo rastro sobre ti. Además, el primer contacto no se producirá hasta dentro de mes y medio. Sólo entonces sabrás que ocurrió después de que te fuiste.
- DK estará con un cabreo de cojones…
-Tras hablar con Jorge, la buscas y hablas con ella. Se merece una disculpa.
- ¿Y si lo que me pasa no es transitorio, sino algo permanente? ¿Qué haré?
- ¡Esperar a que te den respuestas! Estás en un puto avión. Durante ocho horas más no vas a poder hacer nada respecto a nada, así que deja de darle vueltas y piensa en otra cosa, joder.
Se arrepintió de no haberse comprado aquel reproductor de mp3 que vió en la tienda del aeropuerto. Por lo menos, podía haber comprado un libro, algo que le distrajera. Pero no, se había quedado sintonizado en un canal con nieve mientras esperaba a que fuese la hora de embarcarse.
Quedaban todavía siete horas y cuarenta y cinco minutos para seguir preguntándose cosas, dándose siempre las mismas respuestas.
<—>
¿Por qué el aeropuerto de Madrid no disponía para todos los vuelos de esas “mangueras” que se enchufan al avión para entrar y salir de él? ¿Era cuestión de presupuesto, ineficacia o simple elitismo? A lo mejor habían descubierto que el método del autobús al pie de la escalerilla resultaba más terapeútico para los pasajeros enquilosados tras diez (o más) horas apoltronados en un asiento. Nunca se sabe en estos tiempos en los que para cualquier cosa se podía encontrar una explicación a lo “nueva era”.
Las maletas aún se demorarían en salir por la cinta, así que localizó en una pared apartada la zona de fumadores, con sus respectivos ceniceros, y sacó el paquete de cigarrillos casi completo que había comprado en Quito, antes de salir. Aquel tabaco era un poco más fuerte que el español, pero se había terminado acostumbrando.
Había alcanzado a fumarse dos pitillos cuando la cinta empezó a vomitar las maletas de sus compañeros de vuelo. Hubiera alcanzado a fumarse dos más en el tiempo que tardó en aparecer su mochila. La cogió y se dirigió a la salida. Hacía mucho tiempo que no había salido de España, y no sabía como debían funcionar ahora las cosas. Se asomó a una pequeña sala vacía en la que había una puerta. Fue hacia ella, se abrió por medio de celula fotoeléctrica y de golpe y porrazo salió al pasillo del aeropuerto. Eran cerca de las cinco y media de la mañana. No había gente esperando a sus compañeros de viaje, o eso parecía.
- Pues es verdad, el hijo pródigo ha vuelto.
A él sí le esperaban.
- Dante, ¿qué haces aquí?
Dante hizo un movimiento de cabeza en dirección a la puerta de salida al exterior. El pelo largo y lacio, que le caía hasta la mitad de la espalda, apenas se balanceó.
- El jefazo no podía permitir que su niñito volviese en taxi, así que aquí estoy, para hacer de chofer. Por aquí.
- ¿Jaume? – preguntó Max mientras salían al frío de la madrugada madrileña. Era invierno, por lo que no tardaría en amanecer. Por suerte, las horas de sol eran ahora las mismas que en Ecuador, donde nunca variaban drásticamente. Eso le haría más fácil acomodar el horario.
- Dije “jefazo” – contestó Dante con sequedad. No volvieron a cruzar palabra, ni en el camino hasta el coche, ni en todo el trayecto hasta llegar a las oficinas, situadas en las afueras de Madrid, casi en la otra punta respecto al aeropuerto.
Durante el viaje de más de una hora, Max fue contemplando por la ventanilla como la ciudad iba desperezándose antes de despertar. En la carretera, no había manera de distinguir si los ocupantes de los coches regresaban o salían de sus casas. De todas formas, seguro que ninguno tenía una historia que contar como la suya, aunque nunca se sabía. Se preguntó si Jorge le había pedido a Dante que fuese a buscarle precisamente por la lamentable relación que existía entre los dos, como una manera de asegurarse de que no se le escapara una sola palabra acerca de donde había estado o de qué habia hecho.
Aquello le pareció el colmo de la paranoia, aunque después de lo ocurrido debía admitir que la paranoia nunca había que subestimarla. Decidió entonces dejarse vencer por el cansancio. Sabía que, de todas maneras no se dormiría. Se acurrucó en el asiento y permitió que el sopor le invadiese. Si se dormía, que Dante le despertara. A ver si había cojones.