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Entrada #1: Volviendo a casa

Todos los viajes transatlánticos eran iguales. Salvando la primera hora, durante la cual uno contemplaba como el lugar de donde partía se empequeñecía a cada segundo, el resto era aburrimiento en su destilación más pura y embriagadora. La mayoría de la gente aprovecha ese tiempo para dormir, pero Max no podía. Desde muy pequeño había descubierto que le era prácticamente imposible dormir en cualquier medio de transporte. Un par de veces lo había hecho, pero en realidad le habían dejado inconsciente y por lo tanto no contaban. En alguna otra excepción, se había despertado completamente enmohecido, con los músculos envarados y la cabeza en cualquier sitio menos donde debía estar. Eso le convenció de que su resistencia al sueño en los viajes era producida por un mecanismo de defensa en su cuerpo, que tenía plena consciencia de lo que ocurriría si se echaba una cabezadita en esas circunstancias.

Existe el tópico de que los aviones siempre se atrasan. Es mentira. Nunca se atrasan por sí mismos. Los aeropuertos son los que atrasan a los aviones. Una vez en el aire, es muy raro que un avión se demore en hacer su trayecto habitual más de lo que tiene acostumbrado. Por lo tanto, Max fue haciendo una cuenta regresiva de cada una de las diez horas que le separaban de su llegada a destino mientras se debatía entre no pensar en lo que le esperaba al llegar y no pensar en lo que dejaba atrás.

Los viajes largos promueven la tendencia natural a revolvernos en un estercolero, por lo que Max no tardó en hacerse preguntas incómodas por lo incierto de sus respuestas:

- ¿Qué coño me pasa? Anoche día casi me matan. No: casi me mato yo solito.

- Déjalo. Hasta que el doctor no te revise, no podrás saber nada concreto.

- A estas horas, Patricia ha de estar consciente. ¿Descubrirán qué le hemos hecho?

- Nadie tiene un solo rastro sobre ti. Además, el primer contacto no se producirá hasta dentro de mes y medio. Sólo entonces sabrás que ocurrió después de que te fuiste.

- DK estará con un cabreo de cojones…

-Tras hablar con Jorge, la buscas y hablas con ella. Se merece una disculpa.

- ¿Y si lo que me pasa no es transitorio, sino algo permanente? ¿Qué haré?

- ¡Esperar a que te den respuestas! Estás en un puto avión. Durante ocho horas más no vas a poder hacer nada respecto a nada, así que deja de darle vueltas y piensa en otra cosa, joder.

Se arrepintió de no haberse comprado aquel reproductor de mp3 que vió en la tienda del aeropuerto. Por lo menos, podía haber comprado un libro, algo que le distrajera. Pero no, se había quedado sintonizado en un canal con nieve mientras esperaba a que fuese la hora de embarcarse.

Quedaban todavía siete horas y cuarenta y cinco minutos para seguir preguntándose cosas, dándose siempre las mismas respuestas.

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¿Por qué el aeropuerto de Madrid no disponía para todos los vuelos de esas “mangueras” que se enchufan al avión para entrar y salir de él? ¿Era cuestión de presupuesto, ineficacia o simple elitismo? A lo mejor habían descubierto que el método del autobús al pie de la escalerilla resultaba más terapeútico para los pasajeros enquilosados tras diez (o más) horas apoltronados en un asiento. Nunca se sabe en estos tiempos en los que para cualquier cosa se podía encontrar una explicación a lo “nueva era”.

Las maletas aún se demorarían en salir por la cinta, así que localizó en una pared apartada la zona de fumadores, con sus respectivos ceniceros, y sacó el paquete de cigarrillos casi completo que había comprado en Quito, antes de salir. Aquel tabaco era un poco más fuerte que el español, pero se había terminado acostumbrando.

Había alcanzado a fumarse dos pitillos cuando la cinta empezó a vomitar las maletas de sus compañeros de vuelo. Hubiera alcanzado a fumarse dos más en el tiempo que tardó en aparecer su mochila. La cogió y se dirigió a la salida. Hacía mucho tiempo que no había salido de España, y no sabía como debían funcionar ahora las cosas. Se asomó a una pequeña sala vacía en la que había una puerta. Fue hacia ella, se abrió por medio de celula fotoeléctrica y de golpe y porrazo salió al pasillo del aeropuerto. Eran cerca de las cinco y media de la mañana. No había gente esperando a sus compañeros de viaje, o eso parecía.

- Pues es verdad, el hijo pródigo ha vuelto.

A él sí le esperaban.

- Dante, ¿qué haces aquí?

Dante hizo un movimiento de cabeza en dirección a la puerta de salida al exterior. El pelo largo y lacio, que le caía hasta la mitad de la espalda, apenas se balanceó.

- El jefazo no podía permitir que su niñito volviese en taxi, así que aquí estoy, para hacer de chofer. Por aquí.

- ¿Jaume? – preguntó Max mientras salían al frío de la madrugada madrileña. Era invierno, por lo que no tardaría en amanecer. Por suerte, las horas de sol eran ahora las mismas que en Ecuador, donde nunca variaban drásticamente. Eso le haría más fácil acomodar el horario.

- Dije “jefazo” – contestó Dante con sequedad. No volvieron a cruzar palabra, ni en el camino hasta el coche, ni en todo el trayecto hasta llegar a las oficinas, situadas en las afueras de Madrid, casi en la otra punta respecto al aeropuerto.

Durante el viaje de más de una hora, Max fue contemplando por la ventanilla como la ciudad iba desperezándose antes de despertar. En la carretera, no había manera de distinguir si los ocupantes de los coches regresaban o salían de sus casas. De todas formas, seguro que ninguno tenía una historia que contar como la suya, aunque nunca se sabía. Se preguntó si Jorge le había pedido a Dante que fuese a buscarle precisamente por la lamentable relación que existía entre los dos, como una manera de asegurarse de que no se le escapara una sola palabra acerca de donde había estado o de qué habia hecho.

Aquello le pareció el colmo de la paranoia, aunque después de lo ocurrido debía admitir que la paranoia nunca había que subestimarla. Decidió entonces dejarse vencer por el cansancio. Sabía que, de todas maneras no se dormiría. Se acurrucó en el asiento y permitió que el sopor le invadiese. Si se dormía, que Dante le despertara. A ver si había cojones.

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