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Entrada #2: El IDASI

IDASI: Instituto de Desarrollo de Actividades y Servicios de Información. Un nombre tan sonoro como vacío. Traía evocaciones kafkianas.

Sus oficinas, un chalet tirando a caserón situado en la zona noroeste de Madrid, contribuían a esa sensación de organización secundaria fruto de alguna turbia decisión administrativa que era más fácil mantener que disolver. Pero mantener lejos, ojo, alejado de las diferentes instalaciones de la administración central, como si le hubiesen dicho “Te damos sueldo, casa con piscina y cobertura odontológica, pero tú te esfuerzas en pasar desapercibido”.

Y esa era la intención. Sin embargo, el IDASI no era una institución pública, era una empresa privada. Una de las primeras cosas de las que Jaume Lasseu i Punxes se ocupó al fundarla fue de generar esa impresión equívoca. Varios periodistas, al encontrar en documentos oficionales referencias al instituto, comenzaron a investigar con la esperanza de encontrar algún escándalo que vinculase al gobierno con una institución artificial creada para desviar fondos. Pero todo lo que se encontraban era una empresa que sí, había realizado servicios para el gobierno, entre otros muchos clientes. Pronto, la prensa se decepcionó ante la imposibilidad de encontrar algo sucio, y el IDASI se convirtió en el chiste preferido para las novatadas de los principiantes, que siempre creían estar ante algo “grande”.

Sí, Jaume lo había hecho muy bien. En lugar de comenzar ocultándose, había empezado por llamar estratégicamente la atención para que se olvidasen de él. El IDASI olía a burocracia, pero era tan sólo una más de sus muchas empresas. En los primeros días, se echó unas risas a costa de todas aquellas investigaciones. Apenas los periodistas desaparecieron, todo comenzó a rodar como lo tenía planeado. Sin embargo, si alguien se pusiera a escarbar actualmente con un poco más de esfuerzo, podría llegar a descubrir algo tan banal como que en los registros, informes, bases de datos y otros documentos internos similares no había ningún logo o encabezado que acreditase su procedencia. Algo intrascendente en un principio, pero que podría dar en que pensar a la persona apropiada. Sin embargo, eso no iba a ocurrir.

El coche pasó por la puerta principal, rodeó el jardincillo de la entrada y se detuvo bruscamente frente al edificio. Max se sacudió en su asiento por el frenazo.

- Tengo prisa – dijo Dante ante el gesto agrio de Max -, pero me encargó que te dijera que subieses a verle nada más llegar.

- Vale, gracias.

Max bajó del auto y sacó su mochila del asiento trasero. Apenas cerró la puerta, el coche volvió a salir, acelerando como si tratase de tomar el tiempo que le llevaba alcanzar los 100 Km/h. Max miró hacia arriba, a uno de los ventanales de la fachada en el segundo piso. Había una silueta observándole: Jorge, sin duda.

Jorge Ochoa era el dirigente del IDASI. Supuestamente. Eso creían todos. Pero Jaume Lasseu i Punxes, de quien partían sus recursos económicos, parecía serlo de facto. Todas las decisiones importantes eran tomadas por Jorge, de eso no cabía ninguna duda. Pero Jaume era el que tomaba las decisiones de campo, aquellas que podían ser determinantes para el éxito o fracaso de una misión. Eso sin contar con la influencia que ejercía sobre Jorge a la hora de determinar los objetivos. Sin duda, era algo lógico ante un “niño” rico que se había metido a jugar a espías haciéndose cargo de un proyecto que se había quedado sin financiamiento, pero a Max no le hacía mucha gracia.

Sin embargo, Jaume no sabía nada de la misión de la que regresaba. Como se las había arreglado Jorge para que no metieses sus narices en ello, no lo sabía, pero esa fue la razón que le motivó a dar su visto bueno a toda la operación. Jorge no necesitaba de su aprobación para ponerla en marcha, pero sabía que significaba un espaldarazo que le hacía sentir mejor. No en vano eran ya muchos años juntos, y, como suele suceder en estos casos, se había establecido una relación que trascendía la jerarquía. A diferencia de las misiones que iban de la mano de Jaume, tenía plena seguridad en que todo lo que le había dicho Jorge era todo lo que había. Con Jaume, siempre había algo más que desconocía y que nunca llegaba a averiguar. Sólo Jorge, el Dr. Alonso y Max sabían que era lo que se estaba cociendo. El resto de cocineros sólo eran meros asistentes que ignoraban la receta en su totalidad.

Entró en la casa y, sin dejar la mochila en ninguna parte, subió al segundo piso. Se paró frente a la puerta de la oficina que daba a la fachada y llamó. Al primer toque, la puerta se deslizó ligeramente. Estaba entreabierta.

- ¿Señor…? – dijo, empujándola un poco.

- Entra – dijo alguien desde el interior.

El amplio despacho estaba únicamente iluminado por la luz que entraba por el ventanal, y el amanecer que despuntaba iba desvelando con lentitud los contornos de las cosas. Jorge Ochoa estaba sentado tras una amplia mesa en la que sólo había una portatil, un cubilete lleno de bolígrafos y rotuladores, y un teléfono. Como estaba a contraluz, Max no podía verle el rostro.

- ¿Qué tal el viaje? – dijo Ochoa mientras Max caminaba hasta la mesa y se quedaba de pie ante ella.

- Largo y aburrido.

- ¿Y cómo salió todo? – preguntó nuevamente Ochoa.

- Hubo un pequeño inconveniente: la chica estaba vigilada.

Silencio.

- Lo solucioné… un poco drásticamente. Fue algo inesperado.

Ochoa abrió la boca para hablar pero no dijo nada. Apoyó los codos en la mesa y juntó las manos frente a su rostro.

- No he sabido nada de nadie – dijo por fin -. Supongo que sólo podemos esperar.

- Sí, señor.

- ¿Crees que se puede hacer algo al respecto?

- No, señor.

- Sólo esperar.

- Sí, señor.

“Por favor”, pensó Max. “Estoy cansado, necesito una ducha e irme a dormir un par de días”. Ochoa pareció leer sus pensamientos como si estuviesen impresos en su cara.

- Descansa. Ya me darás los detalles después.

- Sí, señor. Gracias.

Max se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. A punto de salir, se detuvo. Se giró y preguntó:

- ¿Cómo ha ido todo por aquí?

- Como siempre. Jaume se quejó por tu “inesperada” ausencia. Dijo que debería haberle avisado con anticipación.

- ¿Ha ocurrido algo? – añadió, aunque sabía que esa queja de Jaume era tan sólo por su afición a tocar las pelotas.

- Parece que le están siguiendo la pista a un cargamento ilegal de armas que entró en el país hace poco. Como tú no estabas, le asignó el asunto a DK.

Oh, sí. El tema surgió por si sólo. Perfecto.

- ¿Y ella está aquí?

- Me pareció oír algo acerca de ir a recoger una información…

Mientras, en el centro de la ciudad, DK volvía a cargar su arma ante la perspectiva de que aquello no iba a ser tan fácil como parecía.

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