Entrada #5: Ponerse al día
RESUMEN DE LO ANTERIOR: Max acaba de regresar de parte de una operación que nadie, excepto él y dos personas más, conoce dentro del IDASI. Esperaba encontrarse con DK, pero ella salió con dos agentes de campo a recoger una información. Mientras DK se encuentra en una refriega inesperada, Max tiene una conversación con el Dr. Alonso en la que este le informa de la gravedad de su estado.
En la parte superior del edificio del IDASI, estaba una amplia sala con algunas mesas, sillas y todo un surtido de cableado que recorría el suelo y la pared. Las ventanas estaban tapiadas y la luz provenía de los fluorescentes del techo y de los pilotos de unos armarios metálicos provistos de refrigeración. La fría mañana no tenía permiso para entrar allí, aunque hubiese sido de agradecer un poco de luz natural, sobre todo la que habría entrado por la ventana, ahora clausurada, frente a la que se encontraban varios monitores y sus correspondientes computadoras.
Frente a una de las máquinas estaba K, un individuo delgaducho y desastrado. Su rostro permanecía impasible mientras iba recorriendo celdas y celdas de una hoja de cálculo. Nadie tenía claro si en realidad era autista o simplemente muy callado. Cuando hablaba, ocasión digna de festejarse, apenas pasaba de los monosílabos.
Tras él, contrastando tanto en aspecto como en locuacidad, estaba Jaume Lasseu i Punxes. Vestido con un elegante y exclusivo traje de chaqueta, parecía el estereotipo del mafioso que acude a cerciorarse de que se ha llevado a cabo el trabajo sucio tal y como él lo deseaba, enseñoreándose del lugar con su presencia. Junto a Jaume, estaba DK.
- ¿Eso es Excel? – dijo Jaume, refiriéndose a lo que veían en la pantalla – ¿Es que no saben usar una puta base de datos?
- Se supone que son los números de serie de todas las armas que venían en el cargamento – contestó DK.
- ¿No hay nada más? – preguntó Jaume, apartándose un poco – Con eso, no podemos hacer mucho.
- Es todo lo que tenía… – DK titubeo un momento. K podía ser callado, pero dudaba de que fuese tonto – nuestro informante.
Jaume miró interrogativamente a DK. Entrecerró un poco los ojos y entonces cayó en cuenta.
- Gracias, K. Eso es todo.
K se levantó del asiento y subió por las escaleras que conducían fuera del sótano. Nadie sabía si le gustaba que le llamasen con ese nombre, K, un nombre de una sola letra. De hecho, nadie sabía ni su verdadero nombre ni que significaba esa letra. Una vez quedaron solos, Jaume se dirigió de nuevo a DK:
- Ahora sí. Cuéntame.
- Parece ser que nuestra careta se había metido en algunos líos y una banda rival le había raptado – dijo ella -. Nada que ver con lo nuestro. Tuvimos que encontrarle para que nos diese la información.
- ¿Fuísteis vosostros los del bar ese? – dijo Jaume, riendo divertido y atando cabos – Ordoñez me dijo que en la Guardia Civil andan más que despistados. Me preguntó si teníamos nosotros algo que ver para ir descartando opciones. Je, yo le dije que no. No tenía ni idea de que íbais a ir allí.
- El contacto que nos diste nos mando allá. Ya se sabía que tan sólo era una tapadera, pero nadie tenía pruebas concluyentes.
- Pues por lo que sé, les habéis dejado unas cuantas, incluida la careta. Aún estaba medio gilipollas cuando llegaron, pero no les pudo decir nada ¿Por qué le dejaste vivo?
- No había necesidad de matarlo. Y puede sernos útil más adelante.
- En eso tienes razón. En cuanto terminemos, llamaré a Ordoñez para que deje de romperse la cabeza…
La puerta de la sala se abrió. Jaume y DK miraron hacia ella y vieron entrar a Dante.
- Pues no sé para qué puede sernos útil, la verdad. Quien pidió o trajo esas armas se está tomando mucho trabajo para no dejarse ver.
- ¿No has conseguido nada?
- Quitando que hasta ahora nadie ha sabido que se haya puesto en venta una mercancía nueva, nada de nada.
- ¿Avisaste a Max? – preguntó Jaume, mirando de reojo a DK.
- Sabía que tenía que venir. Le di al jefazo tu recado, mejor que a él
- ¿Ha venido Max? – intervino DK.
- Esta mañana – contestó Jaume, tratando de disimular el cierto agrado que encontraba en que el malestar por la ausencia inesperada de Max fuese compartido con alguien. Él no podía abroncar a Max, sobre todo desde que así se lo indicó Ochoa. Pero por parte de DK, las cosas eran diferentes.
- Sí – añadió Dante -, con servicio puerta a puerta incluido.
- Si tanto te ha jodido, cóbrame la gasolina.
Ninguno de los tres se había dado cuenta de en qué momento había entrado Max ni cuanto tiempo estuvo allí, escuchando.
- Será un placer – dijo Dante, sarcástico, mientras Max se acercaba y estrechaba la mano de Jaume. A DK apenas le dedicó un saludo con la cabeza, que ella no pudo ver porque miraba en otra dirección.
- La hostia, vaya dos – dijo Jaume, simulando irritación. Estaba más que acostumbrado a los roces que se daban entre Dante y Max -. ¿Qué tal las vacaciones? Se te ha echado de menos.
Max estaba mirando a DK, que a su vez le había mirado un instante para, al siguiente, desviar los ojos hacia otro lado. Pero no se le escapó la indirecta con que iba cargada en la frase de Jaume.
- Eso espero – añadió, cargando su respuesta también con indirectas, aunque no dirigidas hacia su superior inmediato -. Todo estuvo bien.
Jaume quedó en silencio, esperando que Max añadiese algo. Pero sabía que no se le iba a escapar nada. La lealtad para con él era limitada. Estaba más cerca de Ochoa. Eso, y no lo negaba en ningún momento, le contrariaba. Pero todo se andaría.
- Vayamos al grano, y voy a ser corto porque el grano es muy pequeño – dijo Jaume, volviendo al tema que les ocupaba – Hace unas dos semanas llegó de contrabando un enorme cargamento de armas al país. Eso es todo. No sabemos ni quien lo trajo ni para qué. Y, lo que es peor, seguimos igual.
- ¿No será una información falsa? – preguntó Max – ¿Quién la proporcionó?
- Una careta. Y, por lo que parece, no le habían engañado – Jaume se giró y señaló al monitor de la computadora -. Dk acaba de conseguir los números de serie de todas las armas. Y son muchas.
- ¿Cómo sabemos que son de verdad? – volvío a preguntar Max, tratando de enfocarse en la nueva situación que, por lo que parecía, era inquietante.
- Por el esfuerzo que nos costó conseguirlo – intervino DK. Ahora, sus miradas se cruzaron y se quedaron allí, fijas cada una en los ojos del otro.
- Por lo que sabemos, no son armas para ningún grupo terrorista conocido – dijo Jaume, haciendo caso omiso de la muda disputa que se daba entre ambos -. Además, también sabemos que no están aquí de paso. Lo hemos confirmado: el destinatario se encuentra en el país.
- ¿Islámicos? – preguntó Max, volviendo a mirar a Jaume.
- No lo creo – intervino Dante -. He hablado con alguna gente, y si hubiese alguien dispuesto a utilizar esa cantidad de armas, ya se sabría de ellos.
- Hay pocos explosivos – añadió Jaume, mientras bajaba por la hoja de cálculo -. No es su manera de actuar. Si esto fuese Colombia, lo primero que diría es que el cargamento es para las FARC, no sé si me entiendes.
- Sí – dijo Max -. Sólo que esto no es Colombia. ¿Seguro que no son para ETA?
- Como ser, podría ser – contestó Jaume -. Pero no lo creo. Lo que yo creo es que se está planeando algo gordo. Y que es alguien nuevo.
Jaume cerró el programa y se volvió para mirar a los tres.
- Todo el mundo está tan despistado que nos han pedido ayuda. Cualquier noticia, nos la harán llegar inmediatamente. Pero si nosotros no descubrimos nada, dudo mucho que cualquiera de ellos lo haga.
- ¿Y en el caso de descubrirlo? – preguntó Max.
- Tenemos libertad para encargarnos de ello.
- Mi estimado amigo Max – intervino Dante, dándole una palmadita en la espalda con condescendencia -, parece mentira. Para empezar, esas armas nunca debían haber entrado en el país si son tantas. Eso, en sí, ya es una metedura de pata. Si lo pueden arreglar sin que nadie se entere, mejor que mejor. ¿Y quién sino nosotros para guardar un secreto? A eso nos dedicamos.
Max miró a Dante con todo el desprecio de que era capaz. No estaba de ánimo para sus puyas. Iba a decir algo, cuando Jaume le interrumpió.
- Todas las máscaras están sobre aviso. Y contactamos con las caretas regularmente. Pero, hasta ahora, nada.
- Pero esos números de serie… – comenzó Max, tratando de ignorar a Dante. Y también a DK, pero eso era más difícil. Tenían pendiente una conversación, y hasta tenerla no podría concentrarse.
- … sólo nos servirán en el caso de que ocurra algo – dijo Jaume, terminando el razonamiento de Max -. O, si tenemos suerte, si pillamos a alguien llevando una de esas armas. Eso nos daría un cabo del que empezar a tirar. En todo caso, lo que único que nos queda es esperar.
- ¿Eso es todo lo que haremos? – preguntó Max.
- Y movernos muy discretamente – dijo Jaume -. Vamos a aprovechar que esta noche tengo que ir a una fiesta de alta alcurnia. Habrá políticos, ministros, empresarios… de todo. Quiero sembrar un poco el pánico entre algunas personas concretas, para ver las reacciones. Tal vez eso nos ayude en algo. No diré mucho – añadió, ante la cara que estaba poniendo Max -, pero los que me conocen más de cerca se olerán algo. Después de la fiesta, habrá movimiento: llamadas, conversaciones, reuniones… Y nosotros lo sabremos. De ahí, saldrá algo, que ya será más que lo que tenemos ahora.
- ¿Podría ser peligroso? ¿Quieres respaldo o vigilancia? ¿Te va a acompañar este? – y señaló a Dante, despreciativamente.
Jaume no pudo evitar sonreir ante tal pique infantil.
- DK irá conmigo en calidad de guardaespaldas, pero no creo que pase nada. Hoy puedes descansar tranquilo de tu viaje.
Dio una palmada y abrió las manos como quien espantase una bandada de palomas.
- Eso es todo, chicos. DK, estate lista. Ven a buscarme a eso de las nueve.
Jaume salió primero de la habitación. Tras él fueron Dante y DK.
- ¿Qué hay, tía? – le dijo Dante a DK mientras, con un gesto ostentoso, la dejaba salir delante de él -¿Nos vamos a tomar esas birritas que dijiste?
- Creo que hoy no – Contestó DK -. Mejor otro día.
Max se quedó solo en la sala. Se apoyó en el respaldo de la silla que había frente al computador y exhaló el aire con fuerza. Agachó la cabeza y esperó un poco más en esa postura. Unos minutos después, salió del lugar.
Al poco, estaba llamando a la puerta de una de las habitaciones del piso residencial, cercana a la suya.
- Adelante – contestó DK al otro lado.
Max abrió la puerta, entró y la cerró tras él. DK se había quitado la licra de la parte superior y estaba en sujetador.
- ¡Vaya! – dijo Max – ¿Si hubiese sido Dante también le habrías recibido así?
- ¡Vete a la mierda, imbécil! – le dijo ella, dándole la espalda – ¡Te vas de pronto, sin decir nada a nadie y todavía te crees…! ¡Recibo a quien me de la gana como me de la gana!
Max se acercó hasta ella.
- DK, yo…
- ¡Joder, no sabía si te había pasado algo! – ella se dió la vuelta y le encaró con violencia -. Desapareciste así, de repente. ¡Ni una puta nota! ¡No pudiste dejar ni una puta nota!
Max no pudo soportar la mirada y bajó los ojos, culpable.
- ¡Me tuve que enterar por Jaume de que te habías ido a algo que te mandó Ochoa! – continuó ella.
- No podía decir nada… – intentó argumentar él, a sabiendas de que tenía toda la razón en cada palabra que decía.
- ¡Mierda! – exclamó ella – ¡Claro que pudiste decir algo! ¡Tu ausencia dijo algo! ¡Todos dijeron algo, menos tú!
Max sentía que el dolor de cabeza empezaba ahora a desbocarse. Los gritos de DK no ayudaban. Tenía toda la razón para ponerse así, pero debía parar todo aquello, y no sólo por el dolor. La agarró de los antebrazos.
- ¡Escúchame entonces ahora! – le gritó a su vez, enfrentando ahora sí sus ojos – ¡Tienes toda la puta razón, joder! Podía haber dicho algo y no lo hice. Lo siento – ahora desvió de nuevo la mirada -. Me jodía mucho no poder comunicarme contigo. Todo sucedió de improviso. Ya sabes como son estas cosas.
- Pero podías… – empezó DK, ahora con más suavidad.
- Claro que podía – la interrumpió Max -. Podía y no podía, lo sabes perfectamente.
Se hizo el silencio entre los dos. Max la miró. Ahora era ella quien desviaba sus ojos hacia otro lado.
- Me preocupabas. Sé que no estás bien – dijo DK.
- Por ahora, sobrevivo.
Ella le miró.
Estaba llorando. Sí, sabía que Max estaba mal. Lo que había pasado por su cabeza, por incongruente que pareciera – y no estaba dispuesta a confesárselo a nadie, ni siquiera a Max -, era que él había muerto y que se lo estaban ocultando. Pero ahora le tenía frente a ella, vivo.
Se besaron con pasión.
Poco después, el sujetador cayó al suelo.
Dante se acercó a la habitación de Max. La puerta estaba abierta y no había nadie dentro. Caminó hasta la habitación de DK. Se acercó y posó el oído en la puerta. Escuchó brevemente, cerró un puño con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en la palma hasta dejar marca. Después, se marchó. La excusa que había pensado para interrumpir no era lo suficientemente convincente ni para él. Ya habría otro momento.