Archivo

Archivo para Agosto 2009

Entrada #10: Rodeadas

Resumen de lo anterior: Max, que acaba de regresar de latinoamérica, está enfermo. Mucho estrés y corre el riesgo de morir. Durante el tiempo que estuvo fuera, el IDASI tuvo conocimiento de un cargamento de armas que llegó al país, aunque se desconoce su destinatario. Jaume acude a una fiesta donde un hombre mata a un conocido suyo, cuya reacción ante los rumores que este comenzó a esparcir fue un tanto sospechosa. El asesino es capturado y, al interrogarle, les da una dirección. Un equipo formado por DK, Dante, el Gitano, Bámbola y Abigail acuden a inspeccionar. Se trata de un pub completamente vacío, con excepción de una portátil. Se la llevan pero, al abrirla dentro de la furgoneta donde van, estalla.

Dk estaba sentada en un soportal. Sobre sus rodillas reposaba la cabeza de Abigail, inconsciente. Sangraba bastante. Tenía que llevarla a algún hospital o por lo menos a la base, pero no era el mejor momento para moverse. Al poco de la explosión, el lugar se llenó de Guardias Civiles. Natural: muy cerca de allí había una casa cuartel y sin duda pensarón que aquel regalito había ido dirigido a ellos. Aquella "coincidencia" parecía demasiado premeditada. En el caso de que hubieran echado a andar el ordenador en el mismo lugar donde lo habían encontrado, aquellos que la explosión no se hubiese llevado por delante, habrían sido detenidos por los Civiles. De no ser así, la explosión hubiera seguido siendo útil para quien la envolvió para regalo.

Apenas había tenido tiempo de refugiarse donde se encontraba. A medida que corría con Abigail, que había aguantado lo suficiente como para llegar al soportal, los edificios cercanos habían ido poblando sus fachadas de luces. DK no tenía ni idea de que había ocurrido con los demás. Ni siquiera sabía si seguían dentro de la furgoneta. No había tenido tiempo de avisarles de lo que iba a ocurrir cuando aparecio aquella cuenta atrás en la pantalla.

El protocolo a seguir en una situación de este tipo indicaba que cada miembro del equipo debía valerse por sus propios medios y, a ser posible, llegar hasta la base sin preocuparse por los demás. Jaume, desde que se hizo cargo, había insistido en la importancia de seguir el protocolo. Nunca lo habían cumplido a rajatabla, excepto Dante, que era un egoista redomado. Si Bámbola estaba herida, seguro que ese cabrón no le había echado una mano.

DK suspiró, cerró los ojos y agachó la cabeza, tratando de concentrarse en como salir de allí. No podía cargar con Abigail. Además de pesada, con su herida en la cabeza llamaba la atención como un huevo duro en la cima de una montaña de estiercol. Era cuestión de tiempo de que la Guardia Civil empezase a revisar la zona. O peor, algún curioso del edificio en cuyo soportal se encontraba podría decidirse a bajar para curiosear un poco más de cerca.

Como si al pensarlo hubiera activado un interruptor, tras ella se encendió la luz del portal. Bueno, aquello iba a doler…

Un hombre abrió la puerta y miró al cuerpo de Abigail, tendido frente a ella. DK estaba de pie y le propinó una patada en la entrepierna que le hizo doblarse de dolor y caer de rodillas, momento que ella aprovecho para despegar su bota con dirección a la cara. El hombre cayó hacia atrás, sangrando e inconsciente, su puerto bloqueando la puerta. DK metió en el portal a Abigail, retiro al hombre hacia un lado, cerró la puerta y esperó a que la luz se apagara de manera automática, tal y como hizo. Después, ató y amordazo al hombre rasgando el pijama que éste llevaba puesto y lo retiro detrás del mostrador de la portería.

Aquello era al menos un progreso. Todavía corría el riesgo de que alguien más bajara, además de que no sabía cuanta gravedad revestía la herida de Abigail: podría ser tanto algo inofensivo como un trauma mortal. Ni idea de cuanto era el tiempo de que disponía, pero al menos había ganado algo y corría menos riesgo de ser atrapada por la Guardia Civil. Un riesgo que, por otra parte, al mismo tiempo aumentaba con cada segundo que permanecía tan cerca.

Sonó su móvil. Lo sacó y lo miró: era Bámbola.

- ¿Dónde estás? – preguntó DK al contestar la llamada.

- A una manzana más o menos de la explosión – le contestó Bámbola desde el otro lado de la línea.

- ¿Has visto a Dante?

- Le ayude a salir de la furgoneta. Al ver que vosotras salíais por vuestros propios medios, me ordeno salir de allí. Él corrió en dirección contraria a la mía.

Hijo de puta – pensó DK.

- ¿Qué hacemos ahora? ¿Estáis bien? – preguntó Bámbola.

- Abigail está herida – dijo DK. Luego, se miró a si misma. No parecía sufrir de nada que fuese muy evidente, salvo algunos arañazos y, sin duda, contusiones ocultas bajo la ropa -. Yo estoy bien, pero debemos llevarla a algún sitio: está inconsciente.

- ¿Busco a Dante?

- Este cabrón debe de estar camino a la base. Ya sabes como respeta él el estúpido protocolo.

Se hizo un silencio en la comunicación.

- Bámbola – dijo DK – ¿sigues ahí?

- Sí – dijo ella -. Tengo una idea. Llama a la base. Pide que vengan a buscarte.

- ¡Pero esto cada vez está más lleno de Civiles y policía! No funcionará.

- Sí lo hará. Voy a crear una distracción.

- ¡No! – grito DK, arrepintiendose en el mismo momento de hacerlo – No -repitio en voz más baja -. No va a funcionar. Te cogeran.

- Lo dudo. Tú hazlo.

- ¡No! ¡Bámbola, no! – pero la comunicación ya se había cortado. Ahora, no había discusión posible. Bámbola haría lo que acababa de decir y no DK no pensaba dejar que el riesgo que corriese fuera en vano. Miró su teléfono. Si llamaba directamente a la base, sería Max quien viniera a recogerlas. No, no podría ser…

Pulsó varios números y espero a que dejase de sonar el tono de llamada. Al otro lado de la línea acababan de contestar y el silencio indicaba que se trataba de K. Aquel tío no hablaba ni por teléfono.

- K, escúchame. Bajo ninguna circunstancia informes de esto a Max. Simplemente, posicioname y ven a recogerme. Ha habido una explosión…

Afuera, las sirenas que anteriormente se habían calmado, recobraron nuevas fuerzas. Fuera lo que fuese que pensaba, Bámbola había comenzado a hacerlo.

Categorías:The Max

Entrada #9: Sorpresa

RESUMEN DE LO ANTERIOR: Max, que acaba de regresar de latinoamérica, está enfermo. Mucho estrés y corre el riesgo de morir. Durante el tiempo que estuvo fuera, el IDASI tuvo conocimiento de un cargamento de armas que llegó al país, aunque se desconoce su destinatario. Jaume acude a una fiesta junto con su esposa Marga, con DK en calidad de guardaespaldas. En esa fiesta, un hombre mata a un conocido de Jaume, cuya reacción ante los rumores que este comenzó a esparcir fue un tanto sospechosa. El hombre es capturado y, en el IDASI, descubren que el arma que utilizó pertenece al cargamento. Al día siguiente, Max, DK y Dante irán a interrogarle.

Aquello había sido extraño, muy extraño.

Max estaba sentado en la cocina, con un café humeante en la mesa. Junior paseaba por todo el lugar, haciendo aspavientos y quejándose. Se suponía que le estaba hablando a Max de lo injusto que era que le dejasen allí, pero este no le escuchaba. A pesar de ello, Max en algún momento pensó que podías deducir la madurez de una persona por el número de veces que pronunciaba la palabra “injusto”. Tras esa reflexión, volvió a aislarse de su entorno.

Natalia también estaba allí, tratando de prepararse una cena frugal. Ella no se quejaba. No había demostrado ser muy útil en la salida anterior, y lo sabía.

- ¡Es injusto! – volvió a clamar Junior – ¿Cómo van a saber como soy en combate si sólo me llevan cuando hay que aporrea teclas?

- ¿Combate? – dijo Natalia mientras trataba de buscar algo de jamón en el frigorífico – Tú has leído muchos tebeos.

- ¡Y qué si lo he hecho! Es la jodida verdad.

- Y has visto muchas películas.

Junior se quedó quieto, mirándola como desenvolvía algo que había sacado de la nevera.

- Claro – dijo él, bajando la voz -, y te crees que no sé que te quedaste de piedra el otro día, con el Gitano y con DK. A ti lo que te han hecho ha sido un favor dejándote aquí, cochina pervertida.

Natalia se quedó inmóvil, mirando el jamón que acababa de desenvolver. Luego, levantó la mirada y la fijó en Junior. El odio que destilaba se hubiese podido meter en frascos y venderlo al por mayor.

- ¡Que sé todo sobre ti, tía! – continuó Junior – He visto tu expediente. Das asco, colega.

Junior se detuvo al sentir una mano que le agarraba del hombro con firmeza. Max se había levantado y estaba detrás de él.

- Y a ti – dijo Max -, ¿quien te ha dado permiso para leer ningún expediente? Que yo sepa, no estás autorizado para ello.

Junior se puso pálido. Había metido tanto la pata que sentía el calor del centro de la tierra derritiendo la suela de sus zapatos. O quizá fuese el infierno que le estaba esperando.

- Los vi por casualidad… – empezó a tartamudear – K se los dejó abiertos un día que yo…

- K no se deja abierta ni la tapa del baño – dijo Max -. Estuviste husmeando donde no debías. Eso sí, he de felicitarte: si K no se enteró, es que lo hiciste muy bien.

Junior no sabía a que atenerse. Conocía poco a Max, pero le daba miedo. Le doblaba el tamaño, pero no le temía a los músculos de sus brazos, sino a los de su cara: parecían ejercitarse poco.

- Voy a hacerte un favor – continuó Max -. Tú te vas a callar. Y lo harás en cualquier momento de ahora en adelante. Tan sólo tendré que mirarte. Porque si no te callas, yo tampoco le haré. Y te puedes imaginar lo que Jaume pensaría de esto si se enterase, lo que no es nada en comparación con lo que pensaría K. Y ya sabes como es K, que no habla pero piensa mucho.

Junior tragó saliva.

- Pensaría en ti y en esa ridícula corbata que siempre llevas – y Max le ajustó el nudo hasta dificultarle la respiración -. Así que pídele perdón a Natalia, borra del disco duro ese que tienes dentro del cráneo cualquier cosa que leyeses en ese expediente y vete a dormir. A estas horas, los críos tienen que estar en la cama.

Junior se giró hacia Natalia, sin aflojarse la corbata.

- Pe… Pe… Perdón – logró articular.

Ella le miró y miró a Max. No sabía que le sorprendía más: si que aquel bocazas se disculpase o que Max hubiese intervenido en aquella promesa de trifulca. Iba a aceptar sus disculpas, pero Junior dio la vuelta y salió a toda prisa de la cocina.

Max volvió a sentarse frente a la mesa. Natalia se acercó a él.

- Gracias – le dijo.

Max levantó la mirada y la fijó en la chica. Sonrió con amabilidad.

- No tienes por qué. Es un genio para las máquinas, pero es un gilipollas.

Natalia no se movió de donde estaba.

- Tú… ¿Has leído ese expediente?

- Lo he leído – contestó él –. Es mi deber. Mío y de los otros dos.

- Oh.

Max volvió a sonreír. Sacudió levemente la cabeza, como quien quiere quitarle importancia a lo sucedido.

- Anda, termina ese bocata y vete tú también a dormir.

Natalia asintió tímidamente, sin despegar la vista del suelo. Cogió un par de rebanadas de pan de molde, metió entre ellas una loncha de jamón y fue a salir de la cocina. Se paró en la puerta.

- Buenas noches, Max.

- Que descanses.

Max se quedó sólo, tratando de encontrar que era lo que le había parecido extraño en el interrogatorio de esa mañana.

<—>

Había hablado demasiado pronto. Dante se había quedado sólo con él, le intimidó un poco y empezó a largar como si estuviese en Guantánamo y no en una comisaría madrileña. Por lo tanto, DK pensaba que había razones más que suficientes como sospechar de que lo que les esperaba era una trampa.

Bámbola había entrado primero. Se trataba de un antiguo pub cerrado ya no se sabe cuantos años, en los bajos de un edificio de viviendas. La salida de emergencia, que ejerció en su tiempo también como entrada de servicio, daba a los patios internos del edificio. Dejaron inconsciente al portero y llegaron hasta allí sin ninguna dificultad. Dante se quedó en la entrada de calle, mientras Abigail esperaba en el coche. DK y el Gitano esperaban en el patio las noticias de Bámbola.

- ¿Qué piensas? – le preguntó el Gitano a DK.

- Es una trampa. O eso parece. El asunto es de quién y por qué.

- Supongo que debemos tener enemigos.

El teléfono móvil de DK sonó. Una sola vez. Llamada perdida de Bámbola. Era la señal para entrar sin correr ningún riesgo.

Cuando entraron, tras pasar por un almacen, se encontraron con una amplia sala rodeada de sofás y sillones de diseño. En el centro, había una pequeña pista de baile. Por el otro extremo vieron a Bámbola, que volvía con Dante tras abrirle la puerta principal.

- ¿Qué coño es esto? – dijo Dante al entrar – ¿Nos vamos a tomar unas copas?

Bámbola señaló hacia una esquina. Sobre una mesita, había una computadora portátil. DK se acercó a ella, la abrió y la encendió.

- No tiene sistema operativo. Han de haber borrado el disco duro – dijo ella.

Revisaron el resto del local. Que allí hubo alguien hasta hacía poco tiempo, era evidente: botellas a medio acabar, ceniceros llenos, pequeños restos de basura por todo el lugar… Pero nada más. Ni un solo papel, ni una sola arma, nada.

Salieron por la puerta principal, sin preocuparse. Entraron en la pequeña furgoneta donde les esperaba Abigail. DK subió en el asiento junto al conductor.

- ¿A dónde? – preguntó Abigail, mientras encendía el motor.

- A casa – contestó DK -. Tenemos algo para K.

La furgoneta avanzó deprisa por la calle desierta. DK miraba fijamente la portátil. Había algo raro allí. Alzó la cabeza y le preguntó a Abigail.

- ¿K recogió sus cosas la última vez que estuvo aquí?

- Ese tarado se va dejando todo por ahí. Conserva la cabeza de milagro, que como se conectase por USB…

- ¿Dónde están?

- Mira en la guantera.

DK abrió el pequeño compartimento que estaba frente a ella. Había de todo: cables, un disco duro, destornilladores… Y lo que buscaba: una memoria flash.

La conectó a la computadora, encendió esta y comenzó a trastear un poco con la BIOS.

- ¿Qué haces? – preguntó Abigail.

- K siempre lleva encima alguna flash con un Linux. Quiero hurgar un poco para tener algo que contar.

- Siempre tan impaciente.

En una esquina de la pantalla, apareció el dibujo de un pingüino sentado. El sistema iba a arrancar cuando de pronto se interrumpió y aparecieron unos números rojos en la pantalla. Era un conteo regresivo: 10…

- ¡Coño! – gritó DK

9…

- ¿Qué pasa? – preguntó Abigail. DK sacó la flash del puerto USB. El conteo seguía:

8…

7…

Era una estupidez. Seguro que se trataría de una broma pesada del hacker de turno, pero algo le decía que no era así.

6…

5…

DK abrió la puerta y lanzó afuera la computadora.

- ¡Acelera!

Abigail no se hizo de rogar y pisó el acelerador como si pretendiese atravesar el piso de la furgoneta e impulsarla además con sus pies.

Entonces, la portátil explotó. La onda expansiva levantó la parte trasera de la furgoneta con tanta fuerza que el vehículo se volcó completamente, dando una vuelta de campana…

Categorías:The Max